Un día más en su reino
Barbara Galantino

Un día más en su reino
Voy con mi padre al último control previo a la operación. Es una manera de regalarle a mi madre unas horas de pausa. Un rato de sol entre tantos días grises.
Ella se va a jugar a las cartas. Son su refugio. Un momento en el que las palabras no circulan ni por la mente. Solo hay números, sumas, probabilidades. No se puede reproducir el miedo con fórmulas matemáticas. Debe ser eso lo que la tranquiliza.
Llegamos al hospital y mi padre se queda sentado en el auto. Doy la vuelta y le abro la puerta. Pone cara de niño que pide upa y estira la mano buscando ayuda para levantarse. Espero. Sé que puede. Creo que puede solo. Pero, al fin, cedo a su capricho. Lo sujeto y siento el esfuerzo en su cuerpo para ejecutar esa maniobra tan simple. Su mano insegura me hace temblar todo por dentro.
En el pasillo camina lento. Los zapatos se arrastran y marcan un ritmo que no es el mío. Tampoco el de mis recuerdos. Es ruido a suela de goma, mientras mis oídos recuerdan pisadas firmes de suelas de cuero a una velocidad que me dejaba atrás.
Se desvía hacia el bar. ¿No era en el primer piso? Me dice que antes quiere un cappuccino y sospecho que le va a sumar una medialuna. Me quedo en la entrada mientras él va a la caja, paga y pide su clásico. Entiendo que ese es su lugar seguro. Ese sabor a un pasado en el que los pies no se arrastraban y los miedos se apartaban cuando surcaba los pasillos.
Le queda espuma entre el labio y la nariz.
—Papá, ¡limpiate! —le ruego indicando la zona y él abre los ojos avergonzado—. Vamos que se hace tarde.
Siento que se vuelve cada vez menos padre y más hijo, aunque yo intente negarlo.
Bajamos del ascensor y los carteles señalan que tenemos que doblar a la derecha, pero él se va hacia la izquierda. Otro desvío. Estoy a punto de retarlo cuando me doy cuenta de que ese era su sector. Su reino. Ese lugar donde pasaba mañanas, tardes y noches. Si mi padre hubiera tenido una amante, habría sido su profesión. La única realidad que le ocupaba más tiempo que su propia familia. Avanza con paso más ligero. Se acerca a una ventanilla y una señora tan alta como ancha sale al pasillo a saludarlo.
—Doctor Gandolfi, ¡qué placer! —Le aprieta la mano, le sonríe. Conversan. Me quedo al lado del ascensor para no invadir ese espacio que no me pertenece. Es como el cappuccino del bar. Otro lugar seguro. Pasa un hombre de guardapolvo blanco y la señora lo detiene, le presenta a mi padre. Intercambian unas palabras. Es un médico joven, no lo conoce. Es de esos que recién empiezan a escribir su historia en esos pasillos.
—Vamos, papá —digo moviendo los labios y haciendo señas con los brazos cuando, finalmente, me mira. Saluda a la mujer y vuelve con paso lento hacia mí.
Sentado en el consultorio del cirujano rejuvenece. No es que en esa posición los años pesen menos, es más bien un tema de pasión. Ellos conversan de ventrículos, venas, arterias, tejidos, sondas y yo me abstraigo del contenido para enfocarme en la mímica. El cirujano tiene unos veinte años menos que mi padre, pero es una lucha de igual a igual. Mi padre le pregunta, el otro contesta, el otro le pregunta, mi padre explica. La vejez no afecta el conocimiento. Es como un vino de guarda, que se mantiene o mejora con el tiempo.
Cuando la charla termina, entiendo que no hay nada nuevo para hacer. No tuve que mostrar ni uno solo de los papeles que me hicieron traer. Entonces me pregunto si ese encuentro no ha sido una excusa. La última ocasión para poner a prueba al cirujano. O tal vez la última oportunidad de jugar el papel de médico antes de enfrentar el miedo. Una especie de partido de despedida de un futbolista. Un rato más en su reino.
Barbara Galantino
Notas
Extracto de la novela Las vueltas https://www.instagram.com/eneroeditorial/ de Barbara Galantino https://www.instagram.com/palabrasdebar/







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