Buenos Aires, Argentina

Más tarde, de visita en Buenos Aires, nos encontramos en persona en un recorrido callejero que combinaba observación de lugares y escritura. Siempre hubo un vínculo atravesado por el humor: recuerdo que durante una boda real le mandé la foto de una invitada que llevaba una cartera que simulaba el libro En busca del tiempo perdido, de su amado Proust y que él se tomó el trabajo de investigar de qué iba ese asunto 🙂 .

Me produce mucha admiración la gente que como Santiago busca generar actividades relacionadas con la lectura y escritua donde nos da la oportunidad de mantenernos curiosos y en movimiento.

Le agradezco la dedicación para responder a cada pregunta y sumarse a este proyecto.

SLL: Duermo, pero trabajo demasiado. Y el trabajo con la literatura le quita lugar a mi escritura: soy el clásico escritor que no escribe, pero apunto a dejar de serlo, en los escasos años que quedan. En realidad, todo eso le quita tiempo a mi vida, pero esa es mi vida, ya.

SLL: Mi madre era una lectora voraz, que son, en esta época, un sustantivo y un adjetivo oximorónicos: la quietud, la serenidad y la paciencia que asociamos a la lectura (falsamente, porque la literatura es una distracción apasionada, convulsa) no se condicen mucho con la devoración. Pero así funciona. Yo imité esa escena (por reflejo, para que mi madre me mirara o porque igual que ella prefería el mundo imaginario al real: cualquiera de las tres es correcta).

Primer libro: no sé si primeros, pero los que más recuerdo son los del momento, difícil no sólo para las mujeres, en que el niño se convierte en hombre. Los libros de aventuras: Salgari más que Verne. Pero sí P’tit Bonhomme de Verne, la historia de un niño emprendedor en una edición colorinche de Legasa de unas quinientas páginas, que correctamente mantuvo el título en la traducción, ya que es el nombre del protagonista.

Yo quise ser escritor, pero al final resulté un niño emprendedor, así que retrospectivamente ahí estaba escrito mi destino. Y después, de manera prematura, Borges, a quien ya a los 14 intentaba imitar en cuentos con gauchos y notas al pie falsamente eruditas.

SLL: Bloody awful poetry, como dice una línea de la maravillosa “Frankly Mr. Shankly” en The Queen is Dead de los Smiths. Poesía corta, punk, masoquista y de búsqueda espiritual. Carson, Dickinson, Whitman, Juanele, Quevedo: es lo que más me gusta leer. Pero, como sabemos, la poesía es para vagos. Me gustaría escribir novelas de lo que ahora no se llama más “género policial”.
 

SLL: Te corrijo. Mi obsesión que no es Borges no es Joyce, sino alguien a quien Joyce, con toda lógica envidiaba, ya que, en la competencia para definir quién destruiría el dispositivo de la novela realista del siglo XIX para convertirse en el gran novelista del siglo XX, el otro ganó por demolición.

Joyce y Proust fueron invitados una noche de mayo de 1921 a ver un ballet de Stravinsky y después a una reunión medio snob en el Hotel Majestic. Faltaban ocho meses para que el Ulysses fuera publicado, y un año y medio para que Proust, que estaba por decir que había terminado su novela —en realidad nunca la terminó— muriera.

Ambas novelas, ambiciosas como ninguna otra, se habían escrito por esos años en París (una en la orilla derecha y otra en la orilla izquierda del Sena).

Ambos escritores se quejaron esa noche de su salud, pero según las distintas versiones no congeniaron. Joyce anotó en su diario: “Proust muestra que la vida es analítica e inmóvil. El lector termina sus oraciones antes que él”. A veces las mejores observaciones son producto de la envidia.

¿Qué me pasa con Borges y con Proust? Estoy enamorado, me pasan cosas con ellos. Creo que el genio de ambos es autoevidente. En el siglo de la aceleración y la destrucción, ellos se olieron de cerca con las vanguardias, incorporaron sus procedimientos y su élan, pero además se irguieron como gigantes con una conciencia vibrante del pasado de la cultura y de la especie, y produjeron obras que expresan como pocas otras la maravilla y la extrañeza de la experiencia humana.

Una, la de Borges, llena de textos breves y concentrados, arma un libro de múltiples entradas y salidas, a la manera de los textos sagrados y de la oralidad mitológica; la de Proust es un monumento vivo simultáneo a la frivolidad y a la ilusión de la inmortalidad, a lo alto y lo bajo que conviven en nosotros, nos tuercen y nos elevan. Ambas son, además, manuales de artista, si entendemos el arte como un proceso vital y espiritual.

Marcel Proust
Jorge Luis Borges

SLL: El Mundial de Escritura nació con un tuit, y ese tuit nació en los centenares de talleres de escritura en un living de una vivienda de alquiler construida en 1893 en el centro de la ciudad, donde aprendí, mientras transcurrían los gobiernos de la larga estanflación, fallando mil veces, a enseñar, donde aprendí que enseñar es aprender, ser apenas un médium. Ahora vuelvo a vivir a esa casa en la calle Talcahuano, vuelvo al garage, a recrear la mística.

https://www.instagram.com/mundialdeescritura/

SLL: El espíritu fue el de escalar la experiencia intensiva de los talleres. El equipo de docentes surgió naturalmente a partir de personas de distintas edades que habían venido varios años a mis talleres.

El equipo de gestión fue más difícil de armar, ya que toda la experiencia de gestionar un emprendimiento de estas características, donde lo que se ofrece es algo tan personal y personalizado, y no tan canónico como una terapia psicológica o una sesión de kinesiología, fue para mí muy de prueba y error, de tratar de entender muchas cosas: cuáles eran mis virtudes y defectos en relación con la gestión, en qué consistía exactamente la empresa, en el sentido más amplio del término.

El equipo de Chasco

Todavía lo estoy averiguando y todavía pego bandazos entre delegar o no, entre estar más o menos presente, entre ofrecer más o menos opciones de cursos, talleres, viajes, residencias, etcétera.

Porque en realidad, Chasco Club es más que la Escuela de Escritura: es también los viajes literarios a distintos países, las caminatas literarias, las residencias de escritura, la librería virtual, los Mundiales de Escritura y Lectura, etcétera.

Sigo aprendiendo. Ahora, como te dije, estoy en un momento de volver a algo más próximo, con mayor presencia mía, un poquito menos institucional (nunca funcioné muy bien en las instituciones, ni siquiera en la que yo mismo me armé). De lo que sí estoy orgulloso es de que el clima humano que se generó tanto en el equipos de docentes como en el de gestión, y por extensión en el de todas las personas que van a talleres, caminatas o viajes, es siempre muy lindo, creativo y positivo. La clave al final, tanto para escribir como para todo el resto, es disfrutar, pasarla bien.

La pasión de Catalina coincidió con algo que estaba muy adentro de mi historia personal, mis caminatas juveniles medio fugitivas, medio adictas (como las de Borges). Naturalmente fuimos armando doce caminatas que siguen teniendo vida y creo que son maneras muy originales de mirar la ciudad, porque tratamos de evitar los lugares evidentes en los cuales se organizan caminatas o, si no conseguimos evitarlos, les damos una vuelta bastante original.

Por ejemplo: la tesis de posgrado de Catalina es sobre la construcción de la avenida 9 de Julio, la gran obra urbanística de la Buenos Aires moderna, un proceso que demora casi cien años desde la idea hasta el final de la ejecución, y que incluye la demolición de 33 manzanas en el centro de la ciudad. Esa obra, y las obras del ensanche de las avenidas perpendiculares (Santa Fe, Córdoba, Corrientes, Belgrano, hasta Caseros), permiten entender que el cuento “El Aleph” es sobre esa ciudad en escombros cuya lengua y cuya arquitectura los inmigrantes italianos transforman por completo, algo a lo que Borges se resiste.

La experiencia de la ciudad permite leer los textos de una manera nueva, y los textos permiten leer la ciudad de una manera nueva.

En algunos casos más de cien personas fueron a cada caminata, y una vez llenamos un vagón entero del Roca hasta la estación Turdera.

Cuando mis alumnos de los tres años en que leímos completa la gran novela de Proust, En busca del tiempo perdido, me pidieron que organizara el viaje de egresados, yo me hice cargo.

Con Catalina, en varios viajes, investigamos de cabo a rabo París —cuya rue Keller en Bastille se convirtió en nuestro segundo hogar—, Normandía y el Valle del Loire, y armamos un viaje con la misma clave que la de las caminatas: guiado por Proust, que también es la puerta hacia los impresionistas, los poetas simbolistas y los grandes escritores realistas, como también hacia los escritores de las vanguardias, los escritores de la Lost Generation que recalan en París y autores muy interesantes en relación con la ciudad, como Georges Perec: todos los que ayudaron a convertir y a reflejar a París como capital espiritual de la modernidad.

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Les teníamos miedo a los viajes, sobre todo porque mucha gente de la que fue ya conocía bien París, pero la verdad es que fueron un éxito, tanto a nivel convivencia como a nivel de los contenidos y la organización. Ya vamos por nuestro séptimo viaje a Francia.

Y salieron tan bien que nos animamos a diseñar otros viajes: a California tras las huellas de los beatniks y los héroes del género negro que escriben Los Angeles, una ciudad de mala fama como ciudad que nos encanta; a Sicilia, con miles de capas de cultura, belleza y violencia, y a Noruega e Islandia, guiados por Borges y la mitología nórdica, forma narrativa que le dieron los escandinavos de oficio vikingo al valor que tuvieron que juntar para asolar toda Europa, una punta de América y el interior de Asia durante tres siglos.

Los viajes y las caminatas son peregrinaciones mitológicas, búsquedas del conjuro.

SLL: Difícil para mí salir de la cárcel de la literatura. Ahora estoy tratando de correr y hacer ejercicio físico: eso me saca de tanta matraca neurótica. Ir al cine también, pero voy poco.

SLL: No puedo no leer cincuenta libros a la vez. Los que agarré en estos días: Proust, la biografía del temible Jean-Yves Tadié; Bajo el cielo de Islandia de Andrés Di Giuseppe; Borges Buenos Aires de Ulyses Petit de Murat; Mitología nórdica de Enrique Bernárdez; A History of Norwegian Literature; la Edda Menor de Snorri Sturluson; Futrono de Cecilia Alfaro, Como un ciclón de Agustina Adamoli y Rebobinando de Hilario González.

SLL: Serenidad. Valor. Sabiduría.

SLL: Custodiado por el gigante Leo Oyola, intento una novela policial en la que hay grupos de autoayuda y una Zona Norte del Gran Buenos Aires como tierra mítica poblada de fantasmas del mundo de la publicidad de los setenta, one-hit wonders de los ochenta, islas de camalotes sofisticadas donde se minan neomonedas y unos personajes marginales bastante graciosos, además de venganzas sexuales y deudas, muchas deudas de todo tipo. ¡Veremos!

Contacto

Un poco sobre la vida de Santiago Llach

Santiago Llach, nacido en Buenos Aires en 1972, es escritor, editor, profesor de escritura y gestor cultural. Fundó las editoriales independientes Siesta y Garrincha Club, y trabajó como editor de ficción en La Agenda y como freelance para Emecé/Planeta

Ha publicado ocho libros de poesía —entre ellos La Raza, Aramburu y Los compañeros— y el volumen de crónicas Crónicas canallas. Su obra periodística y cultural aparece en medios como Clarín, Página/12, RollingStone, Infobae, La Agenda, Brando, Eterna Cadencia. Además, ha traducido al español más de treinta obras desde el inglés.

En 1996 fue premiado en el Concurso Diario de Poesía, compartido con Washington Cucurto. En 2020 lanzó el Mundial de Escritura, un desafío en línea que promueve el hábito de escribir en equipo y cuenta con decenas de miles de participantes de todo el mundo . Un año después fundó su Escuela de Escritura, que actualmente ofrece más de 60 cursos anuales, talleres de lectura, residencias literarias y viajes culturales, y atiende a cientos de alumnos con un equipo docente de unas veinte personas.

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