La Paz – Entre Ríos – Argentina

PE: La verdad que no. A los 19 años comencé en una revista llamada Aire y Sol. Yo quería escribir, tenía una fascinación muy fuerte por la pesca y no era solo sacar un pez del agua, era mucho más.

La pesca tiene mística y cada pez su idiosincrasia, un conocimiento de muchos hombres a lo largo del tiempo para atrapar a ese pez, y sus propias anécdotas e historias. Y llegar a trabajar en una revista de pesca era mi sueño, vivir esas redacciones donde me imaginaba mesas largas con gente grande, nombres y apellidos que yo leía en las revistas y diarios importantes, los maestros de cada tema, discusiones y debates, y si bien no fue tan así viví el final de esa época gloriosa que tuvo la gráfica, lo que era una redacción.

Hoy somos padres, hijos, nietos de internet, y el mundo ya no es el mismo, cambió todo. Ya no hay casi revistas especializadas en un tema, pero bueno, eso existió y mientras duró fue hermoso. 

PE: Sí. De muy chico leía todo lo que pasaba por mis manos, y tenía un amor especial por las historietas. Patoruzú, Isidoro, Patoruzito, Isidorito, Mafalda, Condorito y la contratapa de los diarios donde estaba Clemente, El Negro Blanco, Diógenes y el Linyera, en todas ellas estaba encubierta la dicotomía del campo y la ciudad.

Los contrastes, aún ingenuamente estaban, implícitos. Y yo todo eso lo leía a mi manera a mi edad pero creo que fue lo que me empezó a despertar el amor por el periodismo.

Cuando mi vieja me dejaba en la peluquería a mí no me importaba en lo más mínimo lo que me harían en la cabeza, lo que yo quería era leer, leer y si mi vieja tardaba mucho en las compras mejor, leía el diario y algunas de las revistas que había para esperar el turno y en ellas siempre había algo en común: la vida de otros.

PE: A los 9, 10 años me leía la revista Weekend en menos de una hora y media, completa. Mi sueño era trabajar ahí, era Editorial Perfil, además de Weekend tenían todo tipo de publicaciones y cuando terminé el secundario a los 17 empecé a tirar currículums, los llevaba fotocopiados a diarios, radios, revistas y ahí de casualidad entre en la competencia, en Aire y Sol, otra revista de pesca y de deportes al aire libre.

Era muy pibe y en esa revista éramos muy pocos, era una empresa familiar donde todos hacíamos de todo y casi todos viajaban a buscar sus notas y a sacar sus propias fotos y alguien tenía que quedarse organizando todo, y yo empecé a ocupar ese lugar, era el que estaba siempre en la revista.

Y fue genial, porque la revista estaba dentro de una gran casa en el barrio de Boedo donde había otras revistas también y un taller de fotocromía donde se hacían las primeras impresiones (ahora es todo digital). Así que nada, me sentía como Di Caprio cuando lo agarran los policías franceses en la imprenta donde falsificaba plata.

Estaba en la gloria. A las 7 am iba a trabajar en una empresa constructora, a las 12 horas entraba en la revista y me quedaba hasta las 18 horas que me iba a la facultad. Ahí había mucha calle, gente muy grande que había vivido otros mundos, gente muy joven que creía que el mundo era el actual. Mucha literatura ahí adentro. 

PE: Sí, la dueña Graciela Cutuli y el Secretario de Redacción Pierre Dumas se conocieron por un intercambio entre países de cartas de niños que hacia la revista Billiken. Y de adolescentes se siguieron escribiendo y al francés no le quedó otra que venirse para Argentina…jajaja.

Y de estas ahí adentro había decenas de historias, éramos Italia (acá hay un cuento también para otro momento), los sábados nos hacían ir a limpiar a los empleados (ahí hay otro cuento más), y hubo muchas más, y esa locura  hermosa me formó en el periodismo y creo que me enseño algo importante, hay historias que las descubre el periodismo pero le pertenecen a la literatura. Ahí empecé a entender que es la literatura. 

PE: Yo quería escribir de pesca pero había un gran periodista de pesca, Néstor Saavedra, que hoy es mi amigo, que se ocupaba a la perfección del tema y yo me daba cuenta que si bien podía escribir de pesca también tenía que buscar mi propio espacio.

Un día llegó una comercial (le decíamos así a quienes traían avisos publicitarios), Roxana Goronas, que buceaba y había armado un suplemento de buceo en la revista y llega con un aviso de parapente; “hay que escribir una nota de parapente”. “La hago yo”, dije, y eso me cambio la vida. Al anunciante le encantó y me invitó a volar en parapente en Tucumán con un grupo que hacia su primer vuelo de bautismo. Y ahí empezó una locura que terminó con una revista propia. 

PE: Nosotros éramos enfermos de la película “Punto Límite”, la de los ex presidentes que roban bancos y surfean y saltan en paracaídas. La película la habíamos visto 500 veces, nos sabíamos los diálogos de memoria, imagínate que la piba que atendía el videoclub (que era amiga nuestra) un día hablo con el dueño y nos la regaló para que no la alquilemos más. 

Un día aburridos le digo a mi hermano, “tenemos que hacer eso, aunque no tengamos plata hay que hacer algo para saltar”, y bueno, la nota en Aire y Sol fue dando lugar a un suplemento de deportes aéreos de parapente, paracaidismo y aladeltismo. Los anunciantes se quedaban, me terminé metiendo de lleno en esos deportes y terminamos saltando en paracaídas (todavía no robe un banco….jajaja) y volando en parapente y aladelta,…y algo quedó, soy piloto de aladelta, aunque hace rato que no vuelo. 

PE: Lo de Alma de Pájaros fue hermoso. En un momento los anunciantes se pelean con los dueños de la revista porque les sacaron muchas páginas del suplemento y los tipos deciden un día ir a esperarme “a la salida” y aparecen todos enojados en la puerta de la revista y más tranquilos al enterarse que no era mi culpa me dicen, “Pablo, ¿por qué no armas vos una revista?”.

En Aire y Sol les daba lo mismo, me dejaban armarla pero por afuera,  así que con un grupo de amigos armamos Alma de Pájaros, el slogan editorial era como un pichón que se inicia en el vuelo la idea es que entre todos logremos que aprenda a volar”.

Era una forma de respetar a todos porque nos estábamos metiendo en mundos nuevos que ya tenían dueños y sus leyendas. En las actividades donde hay pasión todos son los mejores, en el fútbol, en el automovilismo, en la pesca, en el vuelo, en el periodismo, en el teatro, pero bueno, la idea era que todos se sientan parte. 

PE: Era imposible pensar en color, entonces Alma de Pájaros, fue tabloide, blanco y negro con diseño muy cuidado, dos pliegos, se imprimían 1000, 2000 ejemplares y era de distribución gratuita, y llegaba a todos los centros de vuelo de Argentina y de países limítrofes porque habíamos hecho un canje con el correo, y además muchos se suscribían y se las mandábamos.

Había historias únicas, gente que quería escribir, gente que contaba anécdotas, nos mandaban historietas y comics que publicábamos, nos invitaban a volar, a saltar, de la nada pasamos a formar parte de una tribu de locos. Creo que fue la primera  revista de vuelo libre (no motorizado) de Argentina que existió.

Hoy sería imposible hacerla, y por internet la información no se agrupa, más bien se segmenta, va por otro lado la cosa. Hoy seguís a una persona, a alguien que te gusta, pero no a una actividad. Cambio el mundo, para bien y para mal, pero cambió. En esos años conocí gente increíble durante los años que duro Alma….

PE: Te puedo asegurar que hay hombres-mujeres-pájaros entre nosotros, por suerte los hay y eso es bueno para la humanidad. Lo de Bach fue de casualidad, a mí me encantaba entrevistar a gente que había pasado toda su vida queriendo volar y lo había logrado casi al final de su vida, y en esas entrevistas de Alma de Pájaros se armó una especie de grupo de jubilados voladores y un día uno me llama uno y me dice; “Pablo, deja lo que estás haciendo, no hay tiempo que perder, vamos a entregarle a Richard Bach un cóndor de adobe que yo mismo tallé, nos encontramos todos en la Feria del Libro a las 18 horas y ahí fuimos a encontrarnos con Juan Salvador Gaviota.

Era la feria del libro del 2000 me parece, y le dimos personalmente el “cóndor” y el Bach, que es gigante y altísimo, deja de firmar autógrafos y uno de los nuestros (Pedro, el que me había llamado por teléfono…) le entrega el cóndor y le dice en un inglés elemental “I fly for you, thanks to you” y se pone a llorar y el resto de nuestros jubilados voladores también empiezan a llorar y Richard recibe nuestro pájaro y se pone a llorar también. Todos llorando y se acercaron los de la seguridad pensando que había pasado algo y Richard dice en perfecto castellano “está todo bien, son amigos”,  se seca las lágrimas, agarró el pájaro que era pesadísimo y se fue a seguir firmando libros y supimos por una mujer que lo acompañaba que realmente se lo llevaría a su casa.

Fue muy fuerte, en ese momento supe que las palabras cambian vidas, para bien o para mal, por eso un escritor si las tira bien en una hoja puede cambiar la humanidad para siempre. Hoy mientras me acordaba esta anécdota que te estoy contando te agrego que hay dos tipos que usando palabras explicaron lo que es volar; uno fue Antoine de Saint-Exupéry, al otro tuve la suerte de conocerlo y abrazarlo. 

Richard Bach
Pedro con el cóndor tallado

PE: Sí, me recibí de Licenciado en Comunicación en la UBA, y terminé haciendo la orientación de Publicidad. Una carrera muy larga a la que también le cambió el mundo para como había sido pensada. Pero estuvo bueno, la UBA tiene todo lo bueno y lo malo de los argentinos y no hay mejor palabra como “Sociales” para describir todo eso. Las aulas tenían a los que venían del interior y habían dejado su pueblo natal y a los que venían de cerca y luego volvían a sus casas con sus padres o solos.

Y todo eso enseña mucho, porque aprendes a ver al otro y a entenderte vos. Y que la vida no tiene nada escrito para nadie. Depende de uno, siempre. Vos podes ser la ciudad, el campo, el norte, el sur, el exterior o el pueblo con mar, los lugares siempre van a ser vos. 

PE: Después de Aire y Sol, vino Interpatagonia.com y ahí estuve casi veinte años recolectando historias únicas que luego se fueron publicando en distintos medios periodísticos y en todos los formatos que tenía el Grupo Clarín, que en un momento compro la empresa. 

Del turismo te puedo contar que es un tipo de periodismo muy pasional, donde hay anécdotas que merecen ser contadas, lugares que son realmente imperdibles por sus secretos, gente hermosa con historias que empiezan siendo propias y luego mutan y son apropiadas por cada lugar, y bueno, armamos junto a un gran grupo humano excepcional Argentina, Chile y Uruguay, y la Patagonia (de los dos lados de la cordillera) que tiene su propia forma de ser también. Muy buenas épocas. 

PE: Sí, la pesca con mosca es algo espiritual, pasa algo muy personal cuando pescas con mosca. Distinto a las otras pescas. Imagina que lanzas de carnada un anzuelo con plumas (mosca) que no tiene peso propio y cae al agua por todo un movimiento técnico de brazos que vos aprendiste y que cuando lo practicas (loop) llega un momento que entras en una especie de repetición infinita, una especie de trance, como cuando alguien toca candombe o baila ballet.

Imagina que tenés una aguja larguísima y en la punta clavada una manzana, ¿cómo haces para tirarla bien lejos? Imagina que las truchas caminan el río por un lugar determinado, se esconden para cazar, esquivan piedras grandes, buscan oxígeno donde se acelera el agua, evitan lugares muy transitados, y vos tenés que tirar la mosca ahí, justo ahí, y la mosca tiene que caer perfecta, ni más ni menos, si cae de costado, si cae torpe, si es grotesca el pez no la toma.

Es como tienen que caer las palabras cuando querés escribir bien, por eso amo la pesca con mosca, porque no es solo pesca, es literatura y el pez no es un bicho con escamas, es el lector. ¿Vos sabes que cuando caminas un río de montaña lo primero que tenés que hacer es aprender a “leer” las aguas?

PE: Hice pocos talleres y como te dije en off antes de hacer la entrevista creo que me falta mucho para ser escritor, siento que voy por ese camino sí, pero todavía como escritor no publique nada, aunque tengo dos o tres novelas empezadas, mapeadas, hasta tengo los finales y cajones si con cientos de cuentos pensados y bocetados. Pero me pasa, y capaz que es un gran error mío, que a la literatura la tengo ahí arriba, como una palabra que se escribe toda en mayúscula.

Al periodismo le estoy dando una especie de cierre, aunque sigo haciendo cosas, pero ahora estoy por cumplir 50 y creo que ya tengo mucho juntado para en algún momento ir publicando todo, estoy en un momento medio Daniel Sam con el señor Miyagi que lo tiene pegado al oído y una voz buena le dice, “es ahora boludo, es ahora boludo, es ahora fregar (escribir) pulir (corregir) fregar, pulir…” y otra no tan buena le dice “si llegaste a los 50 y no publicaste capaz que lo tuyo es otra cosa…”.

Y más allá de las voces buenas o malas, creo que sí, que tiene que ser ahora porque no hay nada más importante en la vida que escribir, que escribir nuestras vidas para leerlas de viejo, cuando ya no recordemos nada, y digamos, “Mira a este tipo todo lo que le pasó”. Y tus hijos, tus amigos, tus nietos te digan, “eras vos boludo, fue tu vida…..”, para eso creo que tenemos que escribir aunque ya seamos viejos.  

PE: Empecé uno muy raro que daba una hermosa persona que se llamaba Ivana Cecatto donde nos juntábamos en una casa de Villa Urquiza los jueves a la noche después de la facultad,  prendía velas, sahumerios, luz muy tenue, música relajante, hacíamos yoga, tomábamos vino tinto, fumábamos y hasta nos dábamos masajes descontracturantes entre todos haciendo una fila india o círculos cerrados (nada sexual…, aviso) y leíamos y nos hacía “escuchar las palabras”.

Las palabras, cada una, unas con otras, como se unían, cuando una oración era perfecta y tomaba vida propia, y cuando otra con determinada palabra se rompía. Decía que las palabras maridaban y esposaban entre si y que juntaban oraciones o las separaban. Me parece que trabajaba en una bodega o en un restaurante, porque nunca faltaban buenos vinos en el taller y  hablaba siempre del maridaje.  Una locura irrepetible y nos dejó esas estrellas inolvidables a todos sus alumnos.

Después hice un taller literario con Laiseca en el Rojas y creo que fue en 2021, que forme parte del grupo por zoom de Contar la Vida, con Pedro Mairal,  uno de los escritores al que considero un Dios, “el segundo gol a los ingleses” como le dije una vez a un amigo cuando me pregunto porque Pedro para mí es el mejor de nuestra generación, y después de ese taller seguí vinculado con el Faro y  ahora formo parte de este grupo hermoso de whathsapp que se ramifica todo el tiempo para todos lados. 

PE: La hoja en blanco me gusta, es tranquilidad, el problema viene cuando la empiezo a llenar. Pobre hoja.  

PE: Ahora estoy ordenando mucho material con Juliana Corbelli (de Página Blanca Editora) y empezamos hace poco, con la intención de publicar una novela y un libro de cuentos, vamos para allí. La estoy volviendo loca, pero bueno, ella me dice que esta para eso, que sabe manejar locos. Así que nada, ahí estamos. 

PE: Laiseca decía que el arte servía para que funcione todo. Si no hay arte nada tiene sentido y creo que todo es parte de lo mismo. Empecé a hacer fotos porque era la forma de poder viajar y no depender de un fotógrafo para escribir mis notas. Y después me encantó, laburábamos con diapositivas, y te daban por viaje dos rollos de 36 fotos, a lo sumo tres rollos, y tenías que traer por lo menos 15 buenas fotos.

Me acuerdo que durante el tiempo que viví en la Patagonia hice un curso con Miguel Zurraco y nos vendaba los ojos y nos soltaba en una plaza, al borde de un lago, en una calle y sacábamos fotos sin ver, entonces usabas el tacto, tenías que escuchar ruidos, y sentir cuando hacías foco, gatillabas, y cuando revelabas salían cosas impensadas, entonces después con los ojos abiertos veías cosas que antes no, él le llamaba “extrañamiento fotográfico”.

Y con la pintura me empezó a pasar algo distinto pero parecido. Conocí haciendo notas en el norte argentino a otro loco lindo (llamado Haro Gali) que endiabló, primero Tilcara y luego a cuanto pueblo se le puso a su delante y la suya no es una pintura que tenga, quizás gran calidad técnica, pero esa pintura que el tipo hace tiene literatura, mucha literatura, me gusta cuando un cuadro cuenta algo, cuando ese tipo con sombrero que ves o esa mujer mal pintada y despeinada te está diciendo algo, cuando hay una historia para leer.

Y eso acá en el litoral, donde hoy estoy viviendo, lo ves en la calle, en la gente, en el río, todo el tiempo lo ves. Y bueno, empecé a dibujar y pintar con una maestra que se llama Nancy Pérez, y que ahora me está enseñando a hacer “bestiarios”. ¿Ves que en todo está la literatura?

PE: Estoy releyendo una novela corta muy bien armada que se llama El Cuarto Deseo, de Ignacio Molina y releyendo también Cámara Gesell, de Saccomanno, y analizando algunas cosas de  Antes del Fin, de Sábato. Leyendo unos cuentos de Forn. Y esperando ansioso Los Nuevos…

PE: Estuve hace poco en Uruguay y fuimos con mi familia desde La Paz, Entre Ríos a recorrer toda la costa uruguaya, desde que el rio es rio hasta que se va salinizando y se hace mar, la idea era llegar al Chuy, y una noche estando en Punta del Diablo y buscando un lugar para cenar veo un templo y mientras todos fueron a tocar el mar yo entré y encuentro en un rincón, los siete tomos de En Busca del Tiempo Perdido y varios de Levrero que no los conocía.

Así que nada, por un Franklin de 100 me lleve 3 Levrero y 7 Proust, y el Franklin desapareció, creo que se perdió… (si mi mujer lee esto hoy no duermo en casa…)…y cuando salgo del templo y voy hacia ellos que volvían del mar se corta la luz en todo el pueblo y queda todo oscuro mal, un apagón muy raro, como un reseteo y yo con la bolsita y los libros, y sin los 100 dólares ¿alguien sabe dónde están? no señor, si señor, no señor y ahí sentí otra vez la vocecita del Sr. Miyagi que me dijo, “no sé que mierda más querés que haga”. Así que nada, ahí hay un cuento donde pronto va a quedar nombrada esa diabólica librería. No la googleen, no sean hijos de p…..jajaja

PE: Publicar. 

PE: Va uno, me hiciste escribir uno largo, espero les guste a todos. 

Una mosca

Laura me dice que si quiero agregar un texto propio a la entrevista sería genial.  Armó un blog hermoso que se llama Puentes de Tinta y dentro hay una sección que se llama Leelos antes de que ganen el NOBEL, y le digo que es mucho estar ahí, pero me dice que no, que me anime. Así que listo. Le cuento, mientras le contesto que sí, que me agarró justo andando en bicicleta haciendo unos mandados por las afueras del pueblo y me pondré con eso ni bien llegue a casa. 

Sigo pedaleando hasta la estancia del mexicano, paro unos minutos a descansar, bajo de la bici y cuando estoy en el pasto sentado tipo buda, respirando tranquilo, inhalando exhalando, lento largo, como aprendí en yoga, zassss… aparece una mosca y hace lo que hacen las moscas, molestar. 

La intento espantar varias veces pero es imposible, está empecinada en volarme al ras. Así que vuelvo a pararme, levanto la bicicleta y sacudiendo al aire un par de veces la bolsa que llevo en la mano encaro la última parte que me queda hasta una de las entradas sin tranquera que tiene el interminable campo. La mosca, por suerte, se fue. Voló. 

Recordé una anécdota con otra mosca, pescando pejerreyes en una laguna de la provincia de Buenos Aires. No me acuerdo si era la Sauce Grande, de Monte Hermoso o la Salada, cerca de Mar de Ajo.  Era sí, un pueblo con mar y con laguna.

En la pesca del pejerrey se utilizan tres boyas y de cada una de estas boyas cuelga una tanza con un pequeño anzuelo plateado donde se coloca la carnada. Esas tres boyas, funcionan individualmente y están unidas entre sí por una tanza más gruesa llamada madre que las traspasa de manera céntrica atándolas todas a ella. Cada boya se encuentra separada de la otra por una distancia necesaria para que no se enreden todas entre sí.  A la madre se le agrega al final otra boya, sin anzuelo. Esta boya, mucho más pesada que las otras, es la que otorga el impulso a todos los elementos que caen al agua. Se le llama puntero.

Después de sacar uno, cinco, diez, más o menos quince gordos pejerreyes, la boya del medio se rompió, no sé si por el remo del bote, si estuvo mal guardada en la caja de pesca o qué, la cuestión es que rápidamente la vi desplazarse y navegar distinta a las otras con la corriente natural de la laguna y enseguida, girando el reel hacía mí, recogí la línea para repararla. 

Tomé la boya con un trapo que estaba seco, le puse el pegamento que compré en la ferretería de Jaime (que como decían el instructivo y la mujer de Jaime, era de pegado rápido) y lance nuevamente la línea con la boya ahora arreglada.  

Al repararla note sí que la ensucie con mis dedos y dejé impregnada en sus brillantes colores negro y verde la suciedad normal que se le pega a uno en las manos cuando pesca; y más pejerreyes. 

La carnada del pejerrey es la mojarrita, se encarnan una, dos y hasta tres por anzuelo, y al manipularlas es imposible que no quede impresa la mucosidad de sus pequeñísimas escamas en nuestros dedos.  

Además el pejerrey se come (es muy rico frito) y cuando se lo saca del agua para que no sufra innecesariamente, se le quiebra el cuello de manera enérgica, quedando la cabeza destartalada del resto del cuerpo y luego se lo arroja a una bolsa donde comparte lugar junto a los otros pejerreyes que picaron antes. 

Tire de vuelta y la línea cayó suavemente, tironee un poquito hacia mí y la ordené en el agua. Ahora sí la boya navegaba bien nuevamente. Desde mi perspectiva en el bote se veía esto; primera, segunda y tercera boya, y al final el boyón impulsor. 

Fue ahí cuando la volví a ver. 

Y ahora sí le preste mi total atención. 

La mosca, que revoloteaba alrededor mío, voló hacia el agua y de manera precisa y exacta se posó en la sucia boya del medio y quedo pegada. 

Llena de comida de mosca a su alrededor pero pegada, unida, soldada, ya como parte indivisible de la boya. 

Pegada.  

El pegamento que me vendió Martita, creo que así se llama la viuda de Jaime, pude comprobar in situ, era perfecto. 

No sé desde cuándo ni de quién vendrá heredada esa maldad, a mi favor sí puedo aseverar que jamás en ninguna de mis salidas de pesca imaginé ni había pensado que sucedería esto, entonces me preparé para un espectáculo irrepetible. 

Tome en mis manos los anteojos con la última actualización que me hizo el oculista para la presbicia y me dispuse, pasada la correa por detrás de la nuca para evitar que fueran al agua, disfrutar de este momento único e irrepetible. 

Yo entendía, por horas y horas de estar pescando a lo largo de toda una vida lo que vendría. 

La pobre mosca no. 

Había pique, mucho pique,  y los matungos (a los pejerreyes grandes los pescadores de pejerrey los llaman así) estaban comiendo al ras, a flor de agua le dicen también  los pescadores de pejerrey.  Incluso nadaban mostrando  su cola y su aleta dorsal. A simple vista se los divisaba por sus inconfundibles lomos negros. No siempre sucede esto pero era evidente que por alguna causa tenían hambre. Mucha. 

La mosca, que había volado a su propia trampa por la precisión de sus miles de ojos de mosca y atraída también por sus moribundos gustos y olfatos, no imaginó jamás que dos simples ojos humanos podían ver desde un perfecto palco flotante su futuro inmediato. 

Ahí, en ese metro cuadrado insignificante de las miles de hectáreas que tiene esa laguna y la hacen un mar, en esa pequeñez estaba todo. 

Ahora sí recuerdo con total exactitud, era la Salada Grande de Madariaga, y habíamos entrado al pesquero por el acceso de Mar de Ajó, de ahí mi laguna mental. Madariaga es un pequeño pueblo rural, pero su laguna es tan grande que tiene distintas entradas. Una es Mar de Ajó, el pesquero se llama Chiozza y ahora sí, hasta recuerdo que ese día terminó con lluvia.

Deje a un lado la caña apoyándola en el botazo de madera del bote y me llevé las dos manos a la cara haciendo una especie de U alrededor de mi pera y canosa barba y empecé a mirar el espectáculo de la manera más telescópica y microscópica que podían ver mis ojos

Vi en su pequeño rostro que la mosca, que seguramente de pesca no sabría nada, presagió todo también.  Entendió todo. 

Con sus miles de ojos y haciendo una fuerza inhumana para que sus seis patas se desprendiesen definitivamente de la perversión a la que estaba atada. 

No pude ver exacto el momento, desde veinticinco treinta metros es prácticamente imposible eso, pero note algo nuevo debajo de la mosca que antes no estaba. Creo que la mosca se cagó. 

Un pejerrey muy grande comenzó a nadar decidido hacia las boyas. 

El pez, al que pude distinguir a la distancia, rondaría de seguro los dos kilogramos y tendría una largo superior al medio metro. 

Era realmente enorme. 

A menos de un metro, el pez hizo con sus aletas pectorales un frenaje total y dirigió luego su natación milimétricamente lenta junto con su gran boca y cuerpo a una de las mojarras que estaba en la primera de las boyas, la más cercana al bote, donde estaba yo. 

La mosca, que estaba en otra boya, quedó totalmente inmóvil. 

Evitó que su cerebro de mosca mueva por sí solo alguna de sus seis patas e incluso que se ericen o despeinen alguno de los miles de pelitos que las recubrían.

Evitó que por instinto natural alguna de sus trasparentes alas membranosas y venosas se moviera sola, sin alguna orden suya cerebral. 

Evitó incluso que alguno de sus miles de ojos se cierre individualmente para no sufrir lo que el conjunto de miles de ojos sufrían todos abiertos.

El miedo de la mosca era que el pez la elija (en realidad a la mojarra que colgaba de su boya) y muriese ahogada.  No era necesario para la mosca entender cómo funcionaba el sistema, bastaba con saber que ella, aun no siendo parte de la pesca, moriría por la pesca.

Ahí estaba mi solitario disfrute. 

Iba a morir ahogada cuando desde abajo algo la sumergiera.  No iba a ser ni un sopapo, ni un cachetazo, ni un matamoscas. Su jalador de turno se la iba a llevar hacia las profundidades, un pejerrey que lentamente iba llegando a ella. 

Ahora el monstruo tragaba vorazmente la mojarra y la boya que había nacido para flotar pero también para hundirse, lentamente desapareció. 

La mosca creyó estar de suerte cuando vio que el pejerrey no la eligió, no eligió su boya. 

Tuvo un instante perfecto de despreocupación, de infinitud, de perpetuidad, de que la vida seguía y todavía había más vida para ella, lo que le duró tan solo uno, dos, no fueron ni tres eternos segundos, los que le impidieron ver que otro pejerrey, tan grande y voraz como el primero, engulló con su boca protráctil a la máxima capacidad de apertura todo lo que flotaba a su paso; anzuelo disfrazado con mojarra, una boya con una mosca pegada, viajando todo fugazmente por un tubo con una inconfundible entrada de cartílagos transparentes y unidos entre sí, raspando apenas una lengua larga áspera y blanca, y llegando fugaz todo a un estómago oscuro, negro y estrecho, donde ya no hay partes divisibles ni luz ni aire ni vida. 

La mosca, que quizás los haya revoloteado alguna vez muertos en un balde, en el piso del bote o incluso dentro de una bolsa tampoco sabía que los pejerreyes cuando están vivos andan en cardumen o en pareja.  

Tampoco la mosca intuiría jamás que como pescador yo podría haber cancelado el espectáculo en forma inmediata recogiendo la línea y despegando mosca-boya, y que aun haciéndole perder algunas de sus patas, una, dos, o decenas, cientos de sus insignificantes pelos, hubiera logrado volar igual.  

Tampoco imaginé Laura, que a minutos de contestarte que sí, de decirte por whatsapp que sí, que iba a tratar de agregar un texto propio a la entrevista, y que volviendo en bicicleta y pensando en cómo iba a empezar el cuento nunca hubiese imaginado que también había miles de ojos que controlaban el camino y que tres pares de piernas peludas me saldrían al cruce y le irían volando con el chisme al mexicano que andaba un tipo revolviendo sus paltas y que le anden de mosca en época de cosecha lo tomaría como una total amenaza, como un insulto y que ya está, y que ahora no se si te voy a poder mandar el texto, el texto propio como te prometí, porque ahora vas a tener que esperar, pero me está esperando Martita, esperar que venga el patrón mientras escupían, luego de pasárselos por la boca, la mugre de sus dedos al mismo piso de tierra donde una bolsa ahora abierta con una, cinco, diez, más o menos quince gordas paltas negras y verdes casi iguales a las boyas brillantes de la Salada Grande, también con pegamento de secado rápido, y que ya está, que está por llover, que ya no hay cuento que valga, que ahora solo hay que esperar a que venga y que decida el pejerrey, el matungo, el jalador de turno, Él.

Pablo Etchevers

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