Parque de diversiones

Rodrigo Miguel Quintero

La vida debería ser un parque de diversiones con boleto perpetuo. Allí está el parque del centro de mi ciudad natal, capital de provincia, Patagonia argentina, sur del sur. Entre flashes sutiles vienen esas calles de tierra, las múltiples máquinas que se armaban y desarmaban para luego salir a las corridas al próximo pueblo. 

Las voces alegres de fondo, cada timbre es único. Los tonos infantiles abundan entre los puestitios de juegos. El viento nos pega cachetazos en la cara, en las manos, en la cabeza y el pecho como quiriéndonos despertar pero nosotros seguimos en la nebulosa del sueño. 

Entre las risas hay un llanto de fondo. Me doy vuelta mientras veo a mi hermano (hoy de treinta y tres), que con sus dos años y medio, grita y me reclama. 

―Mirá Lali toy en gusano ahora sube y apué baja el gusano ― le festejo y sonrio. El Rodrigo de cuarenta y cinco es ahora un pibe de catorce, alto, esbelto, ojos celestes, rubio. ¿Por qué está tan triste? El gusano arranca y empiezan a crujir los engranajes de la máquina. 

El llanto de fondo se escucha más agudo y más fuerte mientras mi hermano disfruta y aplaude, el gusano da vueltas en semicírculo, él saluda con los ojos brillantes. ¡Qué lindo es ser chiquito! Juan-mi hermano-se divierte en ese parque, esa tarde de viento, pleno julio, subido a un gusano de acero pintado de verde manzana. Adelante hay un un caballo sin cabeza y al frente el gusano sin culo. 

―¡Pibe se le acabó la ronda al nene, ¿pagás otra? 

Por instinto miro adelante para ver quién llora pero no veo a nadie. 

―Pibe, qué vas a hacer tengo que seguir, decime

―Perdón, pago otras dos rondas

―Joya, dos vueltas…

Unos pasos acelerados se sienten llegar. Giro la cabeza y la veo. Es Mili. De pronto, una electricidad fría me recorre y el jean negro me ajusta con una sensación de molestia y cosquilla. Me escondo pero igual me ve. 

―Hola Rodri cómo estás. ¡Viniste al parque qué bueno! ― sonríe Mili

―Hola Mili sí, ehhh…

―¡Cómo estás! ― me mira y le brillan los ojos. 

―Bien, bien – contesté cerrando las piernas. La molestia era insoportable. 

―Bueno si andás con tus amigos por acá deciles que nos busquen

―¡Da…le! Sí

Me mira con el ceño fruncido, baja la vista, sonríe con ternura. 

―¡Nos vemos Ro vienen las chicas! ― saludo forzado.

En esa sensación de placer y sufrimiento me cuesta caminar. La soñé varias veces en mi cama y siempre terminaba con las sábanas y el pijama pegoteado. Miro alrededor desesperado. Está lleno de gente caminando, charlando, comiendo. Giro la mirada por todos lados hasta que al fin encuentro el baño. 

Entro al cubículo. Se precibe el olor salvaje y putrefacto que otros dejaron. Me tapo la nariz. Me bajo el jean (que me ajusta), el bóxer. Esa sensación nueva me domina, tiemblo, tiemblo. Sale eso disparado manchando el pequeño inodoro y parte del piso. Sale más con más fuerza y otro poco aguado. Respiro entrecortado. Se me bajaron veinte elefantes de encima. Mi cuerpo se relaja. ¡Me olvide de mi hermano! ¡Ya pasaron dos vueltas. Me subo todo y salgo. Voy corriendo a buscarlo. El corazón se me sale del pecho. Al acercarme al gusano Mili me saluda. La saludo. El grupo de chicas está montando guardia. No hay varones alrededor. Sigo. 

Encuentro llorando a mi hermano. No me habla. Trato de hacerle chistes pero no se rie. Llora y llora sin parar. Le agarro la manito pero se suelta. Lo alzo mientras van cayendo sobre mi campera y mi cuello las lágrimas y los mocos. 

―Pibe te fuiste y lo dejé ahí. Se asustó ya se le va pasar. Vos pagaste dos vueltas. 

Me voy con mi hermano llorando en brazos. Mamá no va decir mucho pero mi papá seguro que me mata. ¡Odio el día que llegó! Siempre estoy de niñero. Quisiera que se vaya, que desaparezca y que me deje solo pero él sigue ahí. Lo miro con una mezcla de desesperación y de odio. Me aferro más. Llora muy fuerte. Voy andando lento las cuarenta cuadras que me separan de mi casa natal, en ese pueblo de Patagonia, hace más de treinta años. ¿Qué le digo a mis viejos? Mi hermano me envuelve entre lágrimas y mocos. Siento asco. Le muestro una piedra con forma de culo. Mira embelesado, se calma, gime, deja de llorar y me abraza. Pienso en reecontarme con Mili y sigo caminando. 

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