
Durante el mes que estuve en Buenos Aires, visité con bastante frecuencia (quizás menos de lo que hubiera querido) a mi papá que está transitando una demencia que por momentos me hace pensar que no tengo idea de quién es o lo que es peor de quién fue ese hombre. Las conversaciones, o mejor dicho los monólogos, son por momentos tan delirantes que asustan, o al menos a mi me asustan, porque cuando comento esto con algunas personas cercanas, la mayoría se ríen y lo toman como algo gracioso o quizás lo hacen para alivianar mi dolor.
Vivimos en un mundo de mostrar, de exponernos especialmente en las redes. La belleza física es la que se lleva todos los premios y es el bien más preciado junto con la juventud, y donde no la hay en forma natural, la corregimos con filtros o nos sometemos a cirugías para borrar alguno de esos defectos con botox, hilos, cosas que ya suenan dolorosas con solo escribirlas simplemente para retrasar algo que es inevitable: el paso del tiempo y la decadencia física que la acompaña. De alguna manera engañamos al espejo y a los demás con nuestras fotos en Instagram.
Si tuviera frente a mi al genio con la lámpara mágica y pudiera pedirle un deseo sería engañar al jefe de la pandilla en mi cuerpo: al cerebro. Y te preguntarás de qué manera, por ejemplo haciendo que no se entere que tengo casi 57 años, que no haga trampas haciendo que me olvide cosas que son importantes, que me esconda recuerdos o donde dejé las llaves del auto. En un mundo donde la cáscara parece lo más importante ¿cómo hago para cuidar mi salud mental y neurológica que parece por momentos olvidada y algo secundario en estos tiempos? ¿Hay botox para el cerebro? Aunque quizás no sea la sustancia adecuada porque en lugar de flexibilizarlo lo dejaría duro 😦 . Preguntas que me hago y que probablemente no tengan sentido o las olvide cuando termine de escribir esto…






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