City Bell, Buenos Aires, Argentina

LzT: Somos compañeras del taller de escritura creativa que dicta Nati Rozenblum, me gustan tus textos y además tuvimos la oportunidad de vernos personalmente en dos ocasiones 🙂 . Te agradezco el tiempo para esta charla, me gusta conocer a las personas con las que comparto espacios de lectura y escritura así que arranco con la primera pregunta ¿Cuál fue tu recorrido hasta llegar a la escritura?

JM: Siempre me gustó mucho leer, soy sin dudas, más lectora que escritora . Me gustan las palabras, los papeles, los lápices. Cuando tenía doce años, le hice cargar a mi papá el escritorio de mis sueños que vendían en un supermercado en Buenos Aires. Papá lo metió como pudo en el baúl del auto. Viajamos todos apretados por la autopista con el baúl abierto hasta llegar a casa. Creo que ese día descubrí la urgencia de sentarme a escribir, aunque solo fueran cartas a mis amigas o poemas, tenía un lugar mío donde poder hacerlo.

LzT: En nuestra charla me contaste que tuviste una especie de epifanía durante unas vacaciones con tus hijas en Villa La Angostura: una ventana frente al lago, cinco libros para leer, una luz especial y un deseo: ser vos la escritora. ¿Cómo fue dar el paso, al regresar de la vacaciones, de acercarte al taller de Marina Bianco para comenzar a cumplir ese sueño? 

JM: Tengo una foto que le saqué a mi hija más chica esa mañana en una ventana frente al Correntoso. Me imaginé escribiendo al otro lado del agua, otra vez el deseo de un escritorio. A la ventana le faltaba una tabla donde sentarse a escribir. Lo primero que hice cuando volví a casa fue buscar un taller de escritura y encontré de casualidad el de Mar Bianco que daba talleres online desde Barcelona. Fue una experiencia divina, era la primera vez que escribía y que me leían, y tuve la suerte de empezar con una profesora y un grupo de personas muy cálidas. 

LzT: ¿Qué aprendizajes o descubrimientos te llevaste de esa primera experiencia de taller?

JM: Que tenía algo para decir. Que me gustaba compartirlo. Escuchar textos de otros también es súper enriquecedor. En ese taller se me despertó algo que no tenía idea que existía en mí. 

LzT: También participaste en las actividades coordinadas por Sofía Di Scala. ¿Qué aprendiste con ella?

JM: Sofía tiene una manera de enseñar y de transmitir tan profunda y sensible que todo lo que me llevo de sus talleres es aprendizaje, todo es enriquecedor. Ahora mismo estoy retomando sus clases, la verdad que ya la extrañaba. Con Sofi descubrí mi amor por May Sarton o por Dorothy Parker. Es un placer enorme escucharla.

LzT: ¿Qué cosas te inspiran a la hora de escribir? ¿Hay temas, autores, paisajes, momentos de la vida cotidiana que funcionan como disparadores?

JM: Para mi todo siempre empieza y termina en lo cotidiano, en lo minúsculo, pongo mi atención en pavadas, en lo chiquito. Ayer por ejemplo estaba en la panadería y había  una señora que podría ser mi abuela, vestida con una gorra tejida al crochet y botas altas de cuero cowboy con un jogging gris metido adentro de las botas, no podía dejar de mirarla, y de repente veo que sale de la fila y se pone a juntar todos los papelitos que la gente iba tirando por la vereda. Los juntaba y los metía en la cartera . Al rato volvió a la fila como si nada y se puso a hablar por teléfono con una amiga y hablaban y ella se tentaba de risa y a la vez la retaba. Esa señora para mi es inspiración absoluta, ya le inventé un nombre, le inventé parientes, amigos, le inventé una casa. Ojalá algún día se vuelva personaje de algún relato, o quizás no, tal vez se esfume, pero yo en ese rato en la panadería, al menos en mi cabeza, imaginé una historia.

LzT: Espero ese cuento en nuestro taller 😉 . Me comentaste que disfrutas mucho de tus momentos de soledad. ¿Cómo sería para vos un día ideal?

JM: Disfruto mucho del silencio de mi casa. Tengo dos hijas muy divertidas y cariñosas con quienes amo hacer planes, pero ya están muy adolescentes, entran y salen con sus amigas y van al club y no sé qué más , y empiezo a encontrar esos momentos sola. No necesito mucho más que una taza de café enorme que me queme, algo de pan, música y libros. En lo posible todo junto. 

LzT: ¿Cómo es tu relación con la hoja en blanco? ¿Y con el proceso de corrección y reescritura?

 JM: Soy ansiosa y me cuesta sentarme a corregir, pero es parte fundamental del proceso de escritura, y cada vez que vuelvo a los textos salen cosas que me sorprenden, así que debería practicar más la paciencia. La hoja en blanco no la sufro mucho porque escribo muy desordenada, me siento a escribir cuando tengo ganas de sentarme, digamos, no es mi trabajo, es algo que hago por puro placer. A veces si me pasa que cuando tengo que seguir alguna consigna de talleres y no sé por dónde empezar voy a los libros que me gustan, leo un rato y algo seguro se me dispara. Busco en lo cotidiano y busco en los libros, creo que ahí se solucionan varios de todos mis problemas. 

LzT: Volviendo al tema talleres un día llegaste a los que dicta Natalia Rozenblum: un taller de verano para empezar y luego pasaste a la modalidad semanal. ¿Cómo viviste ese proceso de continuidad y crecimiento en tu escritura?

JM: Con Nati llegué en puntitas de pie, con algo de miedo, me parecía que había otra exigencia, que me tenía que tomar la escritura más en serio. En aquel taller de verano escribí un cuento de una vecina que iba a la feria de verduras del barrio, todavía lo tengo sin corregir ni terminar, pero me animé a leerlo y la devolución de Nati fue piola, porque ella es así, súper exigente pero de una calidez y tan cercana, y con tanto amor a la literatura y a sus alumnos. Me animé a seguir con ella en los talleres anuales y sigo participando, todavía no me echó. La adoro. 

LzT: Comparto el sentimiento ❤️ ¿Qué sentiste al enterarte de que uno de tus cuentos formaría parte del número 9 de El Gran Cuaderno?

JM: Me sigo pellizcando, de verdad. Hacía mucho que una noticia no me ponía tan contenta. Me hace mucha ilusión esto de saber que lo que uno escribe empieza a circular, es algo rarísimo y muy emocionante a la vez.  Hace tiempo que leo El Gran Cuaderno, me parece una revista de un nivel espectacular, la edición, los autores que escriben, y las tres escritoras que la dirigen; Nati Rozenblum, Ana Navajas y Adriana Riva, las admiro mucho a las tres. 

LzT: Coincido en que El Gran Cuaderno es espectacular y vuelvo a felicitarte 🙂 .Volvamos a tus cosas. Sos curiosa y hace poco te acercaste al mundo del prensado botánico. ¿Nos contarías un poco más sobre esta actividad? ¿Sentís que tiene conexión con la escritura?

JM: Me pasa que hay muchos mundos a los que quisiera acercarme todo el tiempo, me imagino teniendo millones de vidas porque en esta no me alcanza para hacer todo lo que quisiera. Hay como un deseo en mí de transformar lo que me conmueve en alguna expresión artística, no me lo puedo guardar adentro porque se me desborda y no sé qué hacer con eso. A veces lo vuelco en los interiores de las casas que diseño, otras veces lo pongo en palabras. Lo del prensado botánico es uno de esos tantos mundos, lo descubrí hace poco y tiene algo meditativo, algo del tiempo lento, y de cultivar la paciencia que como toda conexión con la naturaleza me atrae. El nombre técnico es Oshibana y es de origen japonés. De alguna forma encontré en este arte una enorme relación con el mundo de los libros, de hecho Emily Dickinson recolectaba flores que después prensaba , armó un herbario increíble y escribió poesía sobre ese tema. Los herbarios como objeto tienen una belleza que hacen que no pueda dejar de mirarlos. Pienso además que los pétalos una vez prensados tienen la textura sedosa del papel, no es casualidad que la prensa manual que uso para las flores, con dos tablitas y tornillos, es muy parecida a la que se usa para encuadernación artesanal de libros. Por ahora es una práctica que me da mucha paz, ya veré en que lo puedo transformar.

LzT: ¿Qué estás leyendo?

JM: Estoy leyendo Rue de l’Odeon de Adrienne Monnier. Venía embalada con Silvia Beach y su libro sobre la librería Shakespeare and Co, después seguí con Hemingway y París era una fiesta, todo en la misma línea. Me gusta darle continuidad a un mismo autor o a un mismo universo.

En otra línea, siempre voy a recomendar a Patti Smith. Mis libros preferidos, Éramos unos niños y Pan de Ángeles

LzT: Tengo el WhatsApp del genio de la lámpara y tenés la posibilidad de pedirle un deseo, sólo uno porque es medio tacaño 😀¿cuál sería?

JM: Hablando de Patti Smith, en la contratapa de uno de sus libros dice que relata las memorias de una vida consagrada a la belleza, la música, la poesía y el amor. ¿Puedo pedir toda esa vida para mí en un solo deseo?

LzT: Le paso tu mensaje al genio y que él decida 😉 ¿Compartirías algún texto con nosotros?

JM: Si, claro.

Azul

  Mi memoria es azul. Como casi todo lo que queda lejos. Es azul el infinito, el amor cuando se acaba, y son azules los ojos cuando nacen. Los de mi abuelo en cambio, fueron azules siempre. Es azul la flor de iris que se asoma en la ventana, detrás del piano de mi profesora de canto. La música debería ser azul.  

 Me pregunto cómo lo hace May Sarton en su libro La casa junto al mar —¿Por qué siempre es el azul? ¿Acaso hay otro color capaz de emocionar tanto?—

Las pestañas con grumos de Luisa también son azules. Luisa es amiga de mamá. La amiga de jeans apretados y perfume de flores que siempre se acordaba las fechas de cumpleaños y los nombres de mis novios. Ahora tiene Alzheimer. Sale de su casa en pijama y se olvida de perfumarse, cada vez que me ve me pregunta por mi abuelo, debería sentir lástima pero me da bronca, quiero decirle que está muerto. Al final no le digo nada, le acaricio el hombro y la miro a los ojos. Luisa se olvidó de todo, menos del color del rímel.  

 En su libro el arte de perderse, Rebecca Solnit cuenta el relato del navegante inglés que viajaba por el mundo junto a su hija buscando porcelana azul, ella buscaba un determinado tono de azul, decía: “Ay, ay, no es exactamente el azul que busco!”. Su padre, cuando ya llevaban varios años navegando,  insinuó que quizás no existía el tono que ella buscaba. “¡Por Dios papa!, dijo ella, “¿Cómo puedes decir algo tan malvado? Seguro que debe quedar algo de cuando el mundo entero era azul”.

 La porcelana que colecciona mamá también es azul. Mamá recorre ferias de antigüedades y camina dando vuelta los platos, busca el sello inglés que diga “Willow”, yo la acompaño e intento copiarla —Ese es celeste—, me dice— Dalo vuelta sólo cuando sea muy azul. El celeste es tibio, si hay dudas no es Willow, tiene que ser tan azul que te den ganas de llorar. Como le paso a Lady Di— me dice,  mientras sigue dando vuelta los platos. —Que lloro cuando vino de visita porque nunca había visto un cielo tan azul—

“Nel blu dipinto di blu”, “En el cielo pintado de azul”, a veces me descubro sola tarareando esa canción. Me la enseñó Primavera, mi profesora de canto, la del piano y el iris azul asomando en su ventana.

 A veces mientras canto pido un deseo: que las flores, todas ellas, sean azules, quiero que el cielo atraviese todos los pétalos. 

May Sarton además de poeta y novelista era jardinera. Decía que el jardín se parece  a la poesía. No voy a intentar escribir como May pero voy a ir al vivero con la lista de flores azules de la página setenta y tres:

“Gencianas en los prados alpinos, espuelas de caballero en el jardín de verano, nomeolvides, acianos entre las anuales” 

 En sus crónicas Clarice Lispector cuenta que tomaba clases de piano con Doña Pupu. Lo que le gustaba de sus clases era una acacia que aparecía empolvada en una curva del tranvía,  ella se quedaba esperando a que apareciera. “Cuando venía, ah, como venía”. 

La acacia es amarilla. Pero estoy segura que la memoria de Clarice es también azul.

  De Primavera me gustaba su nombre, la canción en italiano y que me diera una cucharada de miel antes de empezar a cantar. Después me daba tristeza, sobre todo cuando tocaba la canción de Alfonsina y el mar. 

Y te vas hacia allá

como en sueños. 

Dormida Alfonsina

vestida de mar.

  El día de mi primera comunión usé un vestido marinero, era la nena de azul en una fila de ostias, vestidos y conciencias blancas. Mamá se lo había encargado a la modista del barrio junto con una bolsa de tela haciendo juego. Después mandó a pintar las estampitas. Mientras mis amigas repartían tarjetas españolas, yo ofrecía estampitas con dibujos de pájaros, cielos y flores pintadas en acuarela sobre retazos de cartulina blanca. Las guardaba en una bolsa, salían estampitas y entraban monedas. La celebración fue en casa una tarde de noviembre con mesas y sillas desplegadas por el jardín, manteles blancos de encaje y platos Willow. Había un payaso pelirrojo y un mago que soltó una paloma, la vi volar muy lejos,  imaginé que se había escapado de mis estampitas. 

 “Para ver el azul, miramos al cielo. La Tierra es azul para quien la mira desde el cielo, dice Clarice, y sigue; ¿Azul será un color en si o una cuestión de distancia? ¿O una cuestión de gran nostalgia? Lo inalcanzable es siempre azul. 

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