Buenos Aires, Argentina

LzT: Cris, muchas gracias por sumarte a estas entrevistas. No puedo dejar de mencionar una de esas coincidencias que parecen inventadas: nos conocimos en el taller de escritura de Nati Rozenblum y, al escuchar tu apellido, me llamó la atención que fuera el mismo que el de mis hijas. Cuando nos encontramos personalmente descubrimos que sos prima de su papá 🙂 . ¿Qué lugar sentís que ocupan las casualidades o las sincronías en tu vida? 

CN: Hola Laura, gracias a vos por hacerme partícipe de tu proyecto y dedicar tiempo para esta entrevista. Las casualidades y coincidencias juegan un rol muy importante en mi vida, tanto que a veces conozco a alguien, o encuentro algún objeto o estoy en algún lugar y comienzo a pensar cuál será el hilo conductor que eso que aparece me llevará a otro acontecimiento, a otra experiencia vivida o por vivir. No me pasa siempre pero hay ciertos eventos que me hacen prestar más atención.  Quizás le sucede a todas las personas pero yo le doy más relevancia. De tal manera que he vivido situaciones inesperadas que me han dejado enseñanzas, otras por las que he comenzado amistades.

LzT: Llegaste al taller de Natalia Rozenblum en 2018. ¿Qué te impulsó a dar ese primer paso hacia la escritura? ¿Había algo que venía gestándose desde antes?

CN: Sí, comenzó en mi escuela secundaria. Ingresé en la escuela Normal Superior para ser maestra pero cambiaron la curricula y pasó a ser Bachillerato con especializaciones y para ser maestra había que hacer dos años más. Elegí la especialización en letras, obviamente. Analizábamos autores y escribíamos todas las semanas; poesía, ensayos, cuentos. Luego me dediqué a la enseñanza del inglés y a la traducción, todo muy ligado a las letras, no a la escritura creativa (aunque traducir es un poco crear). Diría, sin embargo, que el empujón me lo dio una psicóloga. Mientras atravesaba un momento difícil me propuso una tarea: tenía que escribir lo que sentía de acuerdo a una palabra que ella me sugería. Recuerdo que la primera palabra que me propuso fue “la desazón” . A la siguiente sesión leí lo que había escrito y de a poco también fui llevando otras cosas que tenía hechas de antes. Un día me dijo: “lo tuyo es la escritura, tenés que dedicarte a escribir, ¿nunca lo pensaste?”. Esa charla fue en el 2008. Diez años después empecé el taller con Natalia Rozenblum y su magia, que me hizo entrar en un mundo nuevo, Natalia es muy sabía a la hora de transmitir consignas y consejos. Aún hoy me encuentro recorriendo este desafío maravilloso en su taller.

LzT: Coincido en lo que decís de Nati y su magia ¿Cómo fue tu relación con la lectura durante la infancia y adolescencia? ¿Recordás libros, autores o personajes que te hayan marcado de forma especial? ¿Tenías alguna práctica de escritura como diarios o intercambios de cartas?

CN: Mi abuelo materno era jefe en una imprenta en Barracas y cuando venía a casa me traía libros de cuentos para niños de la imprenta cuando yo tenía tres o cuatro años. Entonces me sentaba en un banquito e inventaba historias mirando los dibujos de esos libros y le iba contando a mamá, luego ella me los leía. Además, tengo muy presente cuando me regalaron “El Principito” de Saint Exupery, para mi cumpleaños número nueve, me lo regaló el abuelo de tus hijas que era mi padrino 🙂 , me acuerdo que me dijo que lo leyera y que lo volviera a leer cuando fuera más grande. Lo leí dos veces más, cada vez me pareció encontrar una historia distinta.  Mis padres me compraron otros de Exupery, y de Richard Bach. Creo que ahí empezó mi historia con la lectura, entre mi abuelo y “El Principito”. Cuando comencé la secundaria me obsesioné con Neruda, y más tarde intercambiaba libros de Cortázar, Benedetti, Borges, Sábato y otros con un grupo de compañeras del secundario. También estudiaba inglés y francés, podía entender novelas y cuentos en idioma original y eso me atrapó como para ser fan de Katherine Mansfield, Virginia Woolf, Oscar Wilde, Huxley, Camus, Beauvoir y Hermann Hesse que lo leía en inglés.

Sí, escribí “diarios íntimos” que me regalaban para mis cumpleaños. Entre la hojas del diario guardaba flores que sacaba de algún ramo que recibía de regalo y las dejaba secar, o recortes de revistas y periódicos con artículos que me interesaban, también cartas de amigas o amigos.  

Escribí y envié cartas; en inglés a dos penpals por intercambio cultural; y en español a dos hermanas tucumanas que había conocido en vacaciones. Recuerdo que tenía que ir hasta el buzón de alguna esquina del barrio y tirar los sobres estampillados y para las cartas certificadas llevarlas al correo. 

LzT: Sos maestra, te especializaste en Letras, profesora de idioma inglés y además estudiaste traductorado de inglés. ¿Te animaste a escribir algo en ese idioma?

CN: Sí, escribo aún hoy en inglés pero solamente cuando estoy muy triste, es el idioma con el que me siento más cómoda para expresar sentimientos muy profundos. No tengo un cuaderno especial, o una carpeta en un drive, por lo tanto puede ser que algunos los haya tirado o haya escrito la lista del supermercado atrás y después lo haya tirado 🙂 . Nunca se los di a nadie para leer, los escribo solo para mí pero no los guardo.

LzT: Uno de tus últimos trabajos fue en la Escuela Técnica Nº7 Dolores Lavalle de Lavalle, donde muchos estudiantes provenían del Barrio Zavaleta. ¿Qué aprendizajes te dejaron esos años de trabajo con chicas y chicos?

CN: Uno nunca deja de aprender de los niños y de las niñas. Aprendí a ser feliz con lo que se tiene en ese momento, en el presente, trabajar el hoy.  En esa escuela fui muy feliz. La escuela los contiene, muchos van porque es un lugar de pertenencia. Preparaba clases con juegos para aprender el idioma y ellos me enseñaron qué les pasaba mientras jugaban, cómo aprendían. Para mí fue una experiencia enriquecedora en cuanto a la enseñanza de un idioma y a la comunicación con adolescentes, fue un trabajo progresivo que dio sus frutos en la relación con los y las estudiantes y creo que para ellos también porque aún hoy que estoy jubilada siguen en contacto conmigo. No estoy diciendo que todo es color de rosas, había que poner el cuerpo, estar atenta, estar abierta a la escucha, ser empático, pero esas experiencias siempre me dejaban algo positivo. Al fin del día era lo que me gustaba hacer.

LzT: El teatro ocupa un lugar importante en tu vida y sos una espectadora apasionada, especialmente de la escena independiente. El año pasado empezaste un taller de teatro en inglés y ahora, estás participando en una obra íntegramente en el idioma de Shakespeare. ¿Cómo apareció esta nueva aventura y qué descubriste de vos misma a través de la actuación?

CN: En realidad esto fue algo que no planeé. Cuando me jubilé en junio del 2024 quería seguir con el estudio de inglés pero no encontraba algo que me gustara, si bien hay cursos superiores no había inscripción para esa fecha. Encontré esta propuesta, hablé con el director, me dijo que se necesitaba un nivel de inglés avanzado, lo que me daba la posibilidad de practicarlo y quizás perfeccionarlo, y lo del teatro era un plus. Probé y voila, me fascinó, tanto que empecé en el taller y hoy soy parte de la compañía estable del teatro, no soy una actriz pero aprendo cada día más y me gusta, creo que al hacerlo en otro idioma también me ayuda; es común sentir que uno cambia la personalidad al hablar otra lengua porque tomamos cierta distancia emocional y reducimos el pudor al expresar sentimientos. Me gusta tener que estudiar, memorizar, crear un personaje y hacerlo hablar en inglés que es mi fuerte.

LzT: Durante la pandemia participaste en algunos talleres de lectura coordinados por Ana Catania y actualmente estás trabajando con ella sobre textos escritos a lo largo de los años. Al volver sobre esos materiales, ¿qué encontraste que te haya sorprendido?

CN: Los talleres de lectura con Ana me hicieron volver a analizar los textos como lo hacía en la secundaria y en el profesorado con aquellas profesoras de literatura inglesa que me hacían interpretar y leer el texto con lupa, Anita no pide eso, pero yo me obsesioné con las lecturas, además Ana y yo coincidimos en el gusto por algunos autores entonces disfruto aún más de sus talleres. Ana es muy generosa y comparte su saber y conocimiento además de un material muy rico para los participantes. En la actualidad estoy haciendo un taller de tutoría con ella y me encontré trabajando textos de “Cristinas” en diferentes etapas de la vida, la revisión hace que hoy mi escritura sea más detallista, más prolija y, como con la lectura, más exigente. Estoy muy entusiasmada con este taller. 

 LzT: Yo también soy team Ana Catania ¿Qué cosas te inspiran?

CN: La lectura es la fuente de inspiración primera, pero no sólo libros, también artículos de diarios, una crítica, leo todo el tiempo. Busco mucho material para mis estudiantes así que me interesan los blogs, revistas de actualidad hasta recetas de cocina. Me gusta estar informada.  También me inspiran los vínculos, las relaciones entre las personas.  Me gusta escuchar y observar. Como profesora de un idioma mi oído está siempre abierto a la escucha de los diálogos y la comunicación; eso me inspira. Una caminata también me motiva, camino por una calle y me pierdo en un graffiti o en un balcón pero tengo que tener cuidado porque me distraigo y pierdo el rumbo

LzT: Los riesgos de ser curiosa 😉 ¿Cómo es tu relación con la página en blanco? ¿Y qué lugar ocupan la corrección y la reescritura?

CN: Un día estoy inspirada y me siento a escribir pero generalmente es porque hubo algún acontecimiento que me llamó la atención o me produjo la necesidad de sentarme frente a un papel o a la computadora. Sí es cierto que mi cabeza trabaja mucho cuando estoy dispuesta a escribir y aunque esté haciendo otra cosa estoy creando. La corrección o la reescritura es un trabajo que me lleva tiempo, lectura y análisis. Me gusta la corrección porque me obliga a darle una segunda mirada a lo que ya escribí. La reescritura me cuesta un poco más. Estoy trabajando en reescrituras y me lleva más tiempo de análisis. 

LzT: ¿Qué estás leyendo en este momento? ¿Hay algún libro que te gustaría recomendar?

CN: Estoy releyendo a Virginia Woolf y sus obras en inglés. En español estoy leyendo “Las fotos” de Inés Ulanovsky para el taller de Natalia Rozenblum, también una vez por mes elijo un cuento y leo uno de “Los cuentos completos de Flannery O’Connor”, en español, hace poco compré “Diccionarios. Pequeño ensayo ilustrado” de Eduardo Muslip que empecé a leer porque me interesa como traductora.

Sí, recomendaría muchos pero voy a nombrar dos, “Como Bestias” de Violaine Bérot y “La Trenza” de Laetitia Colombani.

LzT: Tengo el teléfono del genio de la lámpara y podés pedirle un deseo. ¿Cuál sería?

CN: Antes quería vivir hasta los 80 años, ahora le pediría a tu genio que me conceda vivir unos años más para poder cumplir más proyectos que tengo en mente. No solo personales sino también algunos que tienen que ver con lo social.

LzT: Para terminar, ¿compartirías un texto con nosotros?

CN: Sí claro. Les voy a dejar un texto que estuve trabajando con mi tutora y que aún creo lo seguiré trabajando.

Puertas abiertas

Nací en un barrio donde la mayoría de los vecinos se conocían, y sabían vida y obra uno del otro. Y si no la sabían, la inventaban.

En la esquina de mi casa había una garita; desde allí, un agente dirigía el tránsito de día y funcionaba como cámara de seguridad de la cuadra. A la noche, venía otro. Para la guardia, se turnaban.

El viernes era día del continuado en el cine Social de Montes de Oca; se estrenaba una película todos los meses, duraba un mes en cartelera y, con el precio de una entrada, se podían ver dos películas o la misma tantas veces como se te antojara.

Un viernes al mes iba al continuado con mi amiga Silvia, la hija de don Juan, el almacenero del barrio. 

Ella se hacía la toca porque tenía rulos. Yo no la necesitaba, pero a veces, para acompañarla y que no pasara por el dolor del estiramiento sola, dejaba que su mamá me pusiera un rulero gordo que envolvía con todo mi pelo para que se estirara como un chicle, y lo sujetara con unas horquillas, que se ponía en la boca mientras se concentraba como una verdadera estilista. Por último cubría mi cabeza con una redecilla. Y ahí nos quedábamos las dos, hojeando el último número de la fotonovela Nocturno, a la espera del milagro. Pasadas dos horas, nos sacabamos la redecilla, el rulero y las horquillas chupadas por la mamá de mi amiga. El pelo de mi Silvia quedaba lisito; el mío, igual que antes. 

Nos poníamos nuestro mejor vestido; estrenábamos algo nuevo que nos habían regalado las abuelas o las mamás, o algo que nuestras propias abuelas habían tejido o cosido. 

La mamá de Silvia nos acompañaba hasta la avenida y, de ahí, caminábamos solas dos cuadras hasta el cine. Estaba siempre lleno de vecinos conocidos y otros que veíamos de vez en cuando en el continuado. A la vuelta, pasábamos por la heladería de Herrera e Iriarte a comprar una tacita: para ella, uno de chocolate y crema del cielo; para mí, vainilla y dulce de leche. No nos sentábamos, lo comíamos por el camino. La mamá de Silvia controlaba la hora en que salíamos del cine, así que volvíamos casi corriendo, cuchareando la tacita. 

Más tarde, íbamos para mi casa, previo tocarle el timbre a su mamá y así evitarle el infarto. 

Al entrar, mamá ya estaba preparando la pizza, como todos los viernes. Volvía de dar clase en la escuela, abría la puerta de calle y le “ponía el ganchito”, así quedaba abierta. 

Al rato, papá regresaba de la fábrica; enseguida dejaba el mameluco en remojo para que se ablandaran las manchas de grasa del taller. Se iba a bañar, salía, preparaba el mate, sacaba el diario de la tarde, que había comprado en el kiosco, se sentaba en un lugar estratégico del patio, desde el cual veía la calle, y a la gente, pero a él no se lo veía. 

Todos los viernes aparecía don Toto, el vecino de enfrente, y lo llamaba: “Pedro, ¿viste cómo forma Racing el domingo?”. Y ahí nomás mi papá lo hacía pasar: “Entrá, Toto, lo estoy leyendo en La Razón. ¿Cómo lo pudo sacar al panadero Diaz?”. Y don Toto contestaba: “¿Viste qué locura? Este DT es un chambón”. “¿Querés un amargo, Toto?”. Y así comenzaba el desfile de vecinos que, desde la puerta, llamaban a papá o a mamá para hacer un comentario de fútbol, de política, de las clases particulares para primarios que daba mamá, o cualquier excusa válida para ser inmediatamente invitados a seguir charla y tomarse un amargo, un vermú con soda, comer una porción de pizza, y después, el cafecito o el boldo.

Los días de semana no eran así: al día siguiente había que ir a la escuela y al trabajo, así que no pasaba mucha gente por la puerta, porque nos acostábamos temprano. Los viernes eran distintos; se producía una suerte de magia en el barrio. Eran más resplandecientes, quizás porque las puertas de las casas estaban abiertas, y las luces de adentro se estiraban hasta la calle. 

Antes de la cena, acompañaba a Silvia hasta la puerta y nos quedábamos charlando un rato más de “cosas de chicas”, como decían mamá y papá. Algunas veces mamá me pedía: “Acompañá a Silvia hasta la casa y traé un pan de manteca y medio kilo de azúcar; decile a Don Juan que lo anote. Y a la vuelta, pasá por la esquina y llamá a tu hermano que venga a bañarse que ya es hora de comer”.

Y ahí nomás, corría como loca a mi habitación a pintarme los labios y ponerme unas gotitas de L’Air Du Temps, de Nina Ricci. En la esquina, con mi hermano, estaba José Luis, el chico que me gustaba.

Mi hermano y él y la barra se reunían “en la puerta” al salir de la escuela. “En la puerta” quería decir, en verdad, “en la calle”. Se encontraban para pelotear en la vereda: eran diez “pibes” que también jugaban al fútbol en el Barracas Central. Jugaban, gritaban, cuando pasaba un auto dejaban de pelotear, para que, una vez que la calle quedara vacía, enseguida volvieran al juego y a los gritos. A veces la pelota golpeaba contra la cortina de chapa del viejo almacén del gallego de enfrente, don Claudio, que salía insultando. Más de una vez les pinchó la pelota, o se las sacó y nunca se las devolvió, e incluso una tarde llamó a la policía para que les dijeran a “esos vagos de la esquina” que no molestaran más. 

Cosas de barrio: los pibes jugando a la pelota en la puerta, el Social de Montes de Oca en continuado, ponerse el vestido y hacerse la toca para ir a ver una o dos películas, tomar una tacita de helado al volver del cine, pintarse los labios y ponerse unas gotitas de perfume para pasar por la esquina y ver al chico que te gusta, tomarse un amargo o un vermú con los vecinos en el patio de casa, quedarse en la puerta charlando “cosas de chicas”, pedirle al almacenero “que lo anote”…

Cuando terminábamos de cenar los viernes, levantaba la mesa con mamá, ella lavaba los platos y papá los secaba mientras se quedaban charlando. Mi hermano y yo nos íbamos a dormir. Las luces de la casa se iban apagando y, antes de que papá se acostara, mamá le preguntaba: “¿Sacaste el ganchito y cerraste la puerta?”. 

Y antes de irnos, una conexión de Cris con el proyecto Mapa de cielos 😍

Estaba por cerrar la puerta del patio, mire hacia arriba y vi este cielo. Obviamente me acordé de vos.

«El cielo se mimetizó con la ciudad y sus edificios.

Hermoso match. 

Te regalo mi cielo de ayer en mi patio.»

Contactar con Cristina Nupieri

Instagram: https://www.instagram.com/cristinanupieri/

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