San Juan, Argentina

LzT: Somos compañeras de El Faro y tenemos una amiga escritora en común, Bárbara Galantino, que hizo de celestina para que esta charla fuera posible. Así que, antes que nada, gracias por aceptar la invitación.
Vivís hace muchos años en San Juan, pero también pasaste por Ushuaia, Bahía Blanca y Rosario. Son ciudades muy distintas entre sí. ¿Sentís que haber vivido en lugares tan diferentes amplió tu manera de mirar el mundo y, de algún modo, también influyen en tu escritura?
MC: Sí, tal cual. Creo que cuando te vas a vivir de grande a otro lugar, lo ves con ojos que se maravillan. Hay algunos lugares que son postales, como Ushuaia, donde domina el paisaje, y otros como San Juan que tienen una historia muy rica, además de su tradición oral. Cuando llegué acá, fui conociendo esas historias que se transmiten de boca en boca, y fueron permeando en mis textos. Las brujas del Villicum, las salamancas, vienen de esa tradición oral, y terminaron en algunos de mis textos.

LzT: Estudiaste Derecho y me llamó la atención cuando me comentaste que esa formación te ayudó a organizar tu forma de escribir, porque como abogada necesitas construir un relato claro y ordenado para defender una idea. ¿Encontrás un vínculo entre el derecho y la escritura? Y si pudieras volver el tiempo atrás, ¿elegirías nuevamente esa carrera?
MC: Estudié Derecho en la Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca y en Rosario estudié Escribanía. Encuentro ese vínculo en que, de alguna manera, estoy todo el día escribiendo, aunque no sea de manera literaria. Y, como te decía, hay momentos en el ejercicio de la profesión donde estás contando una historia: en los hechos de una demanda, en los alegatos, o, incluso, en los considerandos de una resolución. Y ni hablar del uso del lenguaje en un contrato o un convenio: hay maneras de redactar en las que aprendés a ser sutil pero con una intención detrás. Y volvería a estudiar la carrera, porque siento que soy las dos cosas: abogada y escritora. Y no podría dejar de serlo, aunque ya no litigue.
LzT: Me contaste que escribís desde muy chica. ¿Qué escribía esa Melisa chiquita? ¿Guardabas esos textos? ¿Los compartías con alguien? ¿Qué libros te acompañaban en esos primeros años?
MC: Escribía cuentos de terror, porque estaba fascinada con Elsa Bornemann y sus libros de ese género. En la primaria, en sexto grado, hasta armamos un club de cuentos de terror: teníamos una carpeta donde los guardábamos. No sé dónde habrán quedado esos “incunables”. Mis lecturas de la infancia incluían también a María Elena Walsh (uno de los primeros libros que leí fue Dailan Kifki), los clásicos de colección Robin Hood (era fan de Mujercitas), y los de Elige tu Propia Aventura (incluso llegué a escribir un par de cuentos con ese estilo).
LzT: Después de un tiempo alejada de la escritura, en 2017 llegaste casi por casualidad a un taller literario mientras hacías un curso de artes plásticas en Bellas Artes. ¿Qué pasó en ese momento para que sintieras que era tiempo de volver a escribir?
MC: Curiosidad. Una compañera del taller de plástica me venía insistiendo con que fuera, que me iba a gustar. Y fui, y ahí empezó, o volvió a empezar, todo. Si bien ahora estoy en pausa con los talleres, considero que es fundamental para aprender este oficio, para que tus textos tengan una primera leída y crítica del tallerista o de tus compañeros.
LzT: En 2019 publicaste Lo que la luz no toca, una novela de terror inspirada en las historias y leyendas que circulan alrededor del cerro Villicum. ¿Cómo nació esa idea y qué significó para vos publicar tu primer libro?
MC: Todo empezó con un trekking que hice en Pocito, acá en San Juan. Uno del grupo nos contó que el vigilador de la finca decía que se solían hacer salamancas en la zona: que, de noche, se escuchaban ruidos de fiesta, de jolgorio, se veían luces. Empecé a leer sobre las salamancas y las brujas (acá circulan mucho esas historias, de brujas que se convierten en pájaros. Es más, el otro día salió una nota en un diario de un perro que tuvieron que rescatar de un árbol porque se lo había llevado un pájaro enorme, desconocido, y los comentarios de la gente hacían referencia a las brujas). Después ví “Nazareno Cruz y el lobo” y me encantó la representación del lobizón y del Diablo que hizo Leonardo Fabio. Vino el Mundial de Escritura y todo ese combustible se canalizó en las consignas, que se convirtieron en los primeros capítulos de la novela. Lo trabajé en el taller, cuando estaba trabada, y planifiqué lo que faltaba hasta llegar al primer borrador. “Lo que la luz no toca” fue mi primera novela publicada. Yo venía del lado de los cuentos y para mí fue todo un logro acompañar a los personajes por tantas páginas. Fue un camino de ida, porque ahora me pasa que me cuesta soltar a los personajes. Casi no escribo cuentos.
LzT: Además de haber participado en el Mundial de escritura, como nos comentaste, también lo hiciste en la Maratón Epistolar que organiza Agustina Caride ¿Qué tienen esos espacios colectivos que potencian tu escritura? ¿Creés que escribís distinto cuando hay una consigna o una comunidad acompañando el proceso?
MC: Tomo a las consignas como disparadores o potenciales gérmenes de historias. Son geniales para cuando estás trabada o cuando, como me pasa ahora con la maternidad, no puedo seguir proyectos más largos. Con una carta escrita de la maratón epistolar, me considero satisfecha, porque sé que, en este momento, no puedo escribir más. Después tenés la posibilidad de volver a esos textos, reformarlos, adaptarlos. Incluso, sirven para mandarlos a concursos. Creo que cuando participás de este tipo de actividades te mantenés en movimiento. Hacés ejercicio, entrenás.
LzT: En tu obra hay novelas, cuentos, poesía e incluso un ebook poético como Despilfarro. Da la sensación de que no te gusta quedarte en un solo género. ¿Qué te lleva a elegir uno u otro? ¿Sentís que hay historias que solo pueden contarse de determinada manera?
MC: Me gusta experimentar, y hay algunos géneros que se complementan. Cuando estoy muy metida en la escritura de una novela, “descomprimo” con poesía. No podría estar escribiendo en paralelo una novela y un cuento, pero la poesía me ayuda, en especial en el manejo del lenguaje, y a jugar con las palabras. Es como un recreo. Después, tampoco me puedo “casar” con un género. Incursiono en realismo, terror y hasta en comedia. Así también son mis consumos culturales, por lo que es hasta lógico que lo replique en mis momentos creativos.
LzT: San Juan aparece de distintas maneras en varios de tus textos. ¿Qué tiene ese paisaje, el desierto, el viento, los cerros, que vuelve una y otra vez a tu escritura? ¿Sentís que escribirías distinto si vivieras en otro lugar?
MC: Tiene que ver con esto de la maravilla de conocer lugares desde la adultez. Tal vez, incluso, con tener un poco el espíritu de un turista. Todo te llama la atención, a todo le sacás una foto (y hasta una foto mental, para después usar en la narrativa). Y el desierto cuyano me inspiró sobremanera en la creación de mi jardín (el que se plasmó en mi poemario): de tener macetas de cactus y suculentas en el departamento (y cuando venía el Zonda, alguna terminaba tirada en el piso), a la casa (¡por fin!), donde tenés que buscar el espacio propicio para cada planta, y aprender a resignarte con la idea de no tener un pasto impecable. Mirá si no inspira este paisaje que mi sueño es poder tener mi estudio en la planta alta de mi casa, con vista a los cerros. Esos cerros que están en mis textos, ya desde el terror (como en la novela), o desde la lírica.
Creo que si viviera en otro lugar, y si hubiera tenido la posibilidad de encontrar un taller literario, mi camino habría sido similar. Es decir, hubiera encontrado algo inspirador, tanto en los relatos orales como en el paisaje.

LzT: Dijiste una frase que me gustó mucho: que para vos publicar es una forma de cerrar un proceso. ¿Qué cambia en vos cuando un libro deja de pertenecerte y empieza a encontrarse con los lectores?
MC: Por un lado, siento que puedo enfocarme en otro proyecto literario. Ahora tengo una novela sin publicar y siento que está dando vueltas en un espiral que no conduce a la nada. Está en un limbo. Por otro lado, siempre es muy lindo cuando un lector te hace una devolución, incluso de un libro que publicaste hace un tiempo. De esta manera, el libro sigue vivo, porque genera diálogo. Y siempre es interesante enterarte, por ejemplo, cuál es el cuento que más le gustó al lector de uno de tus libros. Porque vos tenés por ahí un “favorito”, pero al lector le gustó más otro. También es muy satisfactorio cuando la gente conoce tus otras facetas, y se sorprende porque tu poesía es nada que ver con tu prosa. Es como que tenés más de una personalidad.
LzT: Hoy estás con una novela entre manos, seguís haciendo poesía, trabajás, participás de actividades literarias, hacés cursos y además sos mamá de un niño de un año y medio. ¿Cómo encontrás tiempo para escribir? ¿Sos muy organizada o descubriste el secreto para que el día tenga más de veinticuatro horas?
MC: Jaja, amaría ese secreto, pero sé que lo usaría para meter más horas de sueño. Trato de organizarme, de planificar las actividades con antelación. Con la escritura, ya es más complicado, porque encontrar el momento en el que todo fluye cuesta mucho. O sea, enciendo la compu, busco el teclado que funciona, conecto el mouse, me preparo un mate, me siento, abro el archivo (no sin antes leer las noticias), y cuando siento que ya están en acción los jugos creativos, mi bebé se despierta de la siesta. Cosas que pasan.
LzT: Cosas de brujas 🙂 .También formás parte de Las Jinetes de las Palabras. ¿Cómo nació ese proyecto y qué lugar ocupa hoy en tu vida?
MC: El proyecto nació en 2023. Te cuento que fue en paralelo con mi embarazo. Dos gestaciones juntas. Empezamos con una merienda literaria, un encuentro en una vinoteca, y después incorporamos en 2024 el club de lectura y el fanzine. Este año ya arrancamos con encuentros de escritura, como el de fútbol y el de cartas (que hicimos el viernes pasado). Con Las Jinetes puedo pensar en proyectos más vinculados a la gestión cultural, a los espacios para compartir con la comunidad. Podemos mostrar que los escritores somos seres de carne y hueso, que tenemos también otros trabajos, y también desacralizar la escritura, salir de lugares comunes, rígidos y solemnes. Hoy en día, siempre estoy pensando en qué nuevo proyecto podemos encarar con Las Jinetes.

LzT: ¿Cómo es tu relación con la hoja en blanco? ¿Y con la corrección?
MC: No suele costarme la hoja en blanco. A ver, cuando me toca una consigna como en la maratón o el mundial, puedo tardar un par de minutos en rumiar una idea. Me pongo a escribir y puede que después el texto vaya por otro camino, pero el impulso inicial está. Con la novela, aprendí a planificarla, así que tampoco me agobia tanto lo de tener la novela en proceso sin escribir, porque sé que cuando la retome, tengo un esqueleto armado. Es una base, que después puedo seguir o no, pero está. La corrección puede ser un camino infinito, ¿viste? Por eso es que cuando publico, tengo el alivio de que ya no voy a estar dando más vueltas con ese texto. Igual, siempre vas a pensar: tendría que haber usado tal palabra, o escrito tal cosa, pero ya está publicado. No se toca más (o casi que no, salvo que haga una segunda edición).
LzT: Aunque ya algo nos contaste igual me pregunto ¿qué otras cosas despiertan tu imaginación? ¿De dónde suelen surgir las historias?
MC: No sólo me interesan los mitos y leyendas, la tradición oral, sino que también puedo ser una espectadora chismosa: algún gesto o una frase dicha por alguien, puede terminar siendo parte de una historia o una característica de un personaje. Es medio peligroso, ¿no? Todo lo que usted diga podrá ser utilizado en su contra. Igual, no voy a usar los nombres de verdad. De ahí viene otra fuente de inspiración: los avisos fúnebres. ¡Hay cada nombre!
LzT: Ahora me quedé pensando si no habré dicho algo de más 🙂 ¿Qué estás leyendo en este momento? ¿Hay algún libro que recomendarías especialmente?
MC: Estoy leyendo “La muerte ajena” de Claudia Piñeiro. Y, entre los recomendados, te voy a dar dos: “Poeta chileno”, de Zambra, que es el que vamos a leer este mes en nuestro club de lectura, y “Misteriosa Buenos Aires” de Mujica Láinez.
LzT: ¿En qué proyecto estás trabajando hoy?
MC: En este momento, estoy preparando la segunda edición ampliada de mi último libro de cuentos, “El hijo sapo”. La voy a publicar con Abdulah, una editorial sanjuanina. Y, con respecto a Las Jinetes, estoy armando las consignas para un segundo encuentro de escritura de cartas. Y algo con lo que siempre estoy: a la caza de concursos literarios y convocatorias. Siempre estoy mandando textos.
LzT: Tengo el WhatsApp del genio de la lámpara y te concede un deseo. ¿Qué le pedirías?
MC: Un contrato con una editorial tradicional, de esos en los que te pagan las regalías, aunque no sean mucho dinero, pero que me permita estar en librerías de todo el país (sin tener que lidiar yo con la distribución).
LzT: Y, como ya es tradición en esta sección, ¿te gustaría compartir un texto con nosotros?
MC: Te dejo un poema de mi poemario Despilfarro:
Cuando me preguntan por qué escribo
-como si el simple acto de poner en papel
ideas y tramas fabulosas
tuviera una finalidad sustentada en el utilitarismo
en que todo lo que hacemos tiene que tener un propósito
traducido en cantidades y resultados mensurables-
simplifico mi respuesta: “porque sí”
Es difícil que quien no agarra un lápiz
o se ponga delante de un teclado
frente al símil de una hoja blanca
entienda
que escribo para lanzarme sin paracaídas
por el precipicio de la mente
que escribo desde mi condición de humana
que intenta continuar la tradición milenaria de un poeta ciego
que escribo porque las palabras me recorren
como las marcas de las eras geológicas
en el cuerpo de la montaña
que escribo cuando soy la única que queda en pie
después del aluvión que arranca árboles de raíz
que simplemente escribo
en medio de la polvareda que levantan
las palabras liberadoras de esta mujer pájaro.
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