Mendoza, Argentina

LzT: Antes que nada, gracias por la charla y por sumarte a este proyecto de entrevistas. Te conocí el año pasado en el taller de Nati Rozenblum que vos empezaste durante la pandemia. Mirando hacia atrás, ¿qué sentís que cambió en tu escritura en estos seis años? ¿Hay algo que hoy hacés naturalmente y antes te costaba?

JCS: Participar del taller de Nati creo que me da estructura para poder escribir. Ya sea porque tengo que llevar algo al taller o porque estoy corrigiendo un texto. Me obliga (en el buen sentido de la palabra) a escribir. Le da un lugar dentro de mi rutina. 

Sumado a que leer los textos de otras personas es muy enriquecedor. Ese análisis sobre la escritura propia y ajena, sin duda suma.  

LzT: Me contaste que tu primer taller literario fue a los catorce años. Me dio mucha curiosidad esa Josefina adolescente. ¿Qué escribías en esa época? ¿Eran cuentos, poemas, diarios?

JCS: Yo era la más chica del taller que duró unos pocos meses. Me acuerdo que mis compañeras eran más grandes y sus textos hablaban de temas que, con mi edad, no entendía. Pero sí me entusiasmaba ir. 

No tengo muchos recuerdos de qué escribía. Aunque me acuerdo de escribir mucho en esos años. La escritura era un refugio en esa etapa de tantos cambios. 

LzT: Creciste en Mendoza y pasabas muchos verano en Tucumán y en uno de tus relatos hablaste de una casa familiar en Maimará. ¿Qué recuerdos tenés de esos tiempos?

JCS: Pasé muchas vacaciones en Tucumán, de donde es la familia de mi mamá. Es un paisaje completamente opuesto al de Mendoza en todos los sentidos. No solo por la vegetación sino también por cómo es la gente del lugar. Los tucumanos tienen una chispa muy particular y mi familia materna es el epicentro de miles de historias. 

Eran nueve hermanos y tenían una casa en Maimará en la Quebrada de Humahuaca donde veraneaban siempre. Conocí primero ese lugar a través de los recuerdos familiares de mi mamá, mis tías y mis primas. Recién a los veinte años fui por primera vez.  Tuve la extraña sensación de recorrer un lugar en el que ya había estado antes. 

Desde entonces, cada vez que puedo voy. Nunca tan seguido como me gustaría. 

LzT: Hace unos años ganaste un concurso de cuentos en Trenque Lauquen y más allá del premio, me encantó la historia que rodea a ese cuento. ¿Tenés ganas de compartirla?

JCS: El cuento trata sobre una nena de padres separados que espera el sábado que la busca su papá para ir a comprar un walkman. 

Cuando gané el concurso el cuento lo leyeron amigos y familiares. Lo gracioso fue que muchos pensaron que la historia era real y hasta me llamó una tía para preguntarme si mi papá había hecho eso. 

LzT: Estudiaste Comunicación Social y más tarde hiciste un doctorado en Barcelona. ¿Cómo fueron esos años de vivir lejos de Argentina? ¿La distancia apareció en tus textos o fue una experiencia que necesitó tiempo para transformarse en escritura? ¿Qué sentís que aprendiste viviendo en otro país?

JCS: Fueron años de mucha expansión. Porque el desarraigo es un crecimiento acelerado. No solo porque vivir en otro país es estar todo el tiempo absorbiendo estímulos nuevos sino también porque era la primera vez que vivía sola con todo lo que eso conlleva. 

Es una etapa que recuerdo con muchísimo cariño y una ciudad a la que siento mi casa. 

Barcelona definitivamente está presente en mi escritura. Cuando escribo vuelvo de una forma u otra ahí. 

LzT: Mientras estabas en Europa escribiste sobre turismo y viajes para un diario de Mendoza. ¿Qué disfrutabas de ese trabajo? 

JCS: Como dice la periodista de viajes Carolina Reymúndez, es el mejor trabajo del mundo. A mí que siempre me gustó viajar y escribir, encontré en esa combinación un nuevo mundo. Me permitió también viajar con más foco y atención porque, al volver, tenía que escribir para contarlo. 

En esos años adquirí la práctica de tener siempre un diario de viaje para poder plasmar todo lo que se despierta al viajar. 

LzT: También trabajaste como productora de radio. ¿Te imaginás volviendo a la radio, quizás desde otro lugar, o incluso haciendo un podcast propio?

JCS: El formato de podcast me parece maravilloso porque ofrece mucha libertad. Al no estar necesariamente atado a la grilla de una emisora o un canal te permite adaptarlo al propio ritmo. 

LzT: Hay algo que siempre me sorprende en el taller y es tu memoria, además de lo lindo que escribís 🙂 . Recordás libros, autores y hasta detalles de los textos que leen tus compañeras. ¿Siempre fue así? ¿Qué lugar ocupa la lectura en tu manera de escribir?

JCS: Soy una lectora bastante voraz. A veces, me gustaría poder ser más analítica en mis lecturas, prestar más atención a la forma, los recursos, etc. Pero no siempre lo logro. Encaro la lectura de un libro como un cuarto de helado de dulce de leche con avidez. 

Creo que leer es una de las cosas que más disfruto hacer y escribir es un efecto colateral de eso. 

LzT: Sé que disfrutás mucho andar en bicicleta, caminar y también el cine. Me da la sensación de que son momentos en los que seguís escribiendo, aunque no tengas un cuaderno en la mano. ¿Dónde aparecen tus mejores ideas? ¿Qué cosas te inspiran?

JCS: La asociación libre es siempre divertida para empezar a escribir. Después la realidad que uno tiene a mano es un terreno fértil y la distancia que el tiempo pone a las cosas un buen lente desde el cual mirar.

LzT: ¿Cómo es tu relación con la página en blanco? ¿Y con la corrección y reescritura?

JCS: Creo que toda escritura es reescritura. No soy una persona a la que le salen textos perfectos en un primer intento. Eso me ayuda a ser más amiga de la corrección. Me gusta volver a trabajar mis textos, dejar que decanten algunas cosas y hacer ese trabajo artesanal de corregir. 

LzT: Desde hace varios años practicás pintura sobre porcelana. Nos contarías un poco más.

JCS: Mi mamá es profesora de pintura en porcelana así que crecí rodeada de pinceles, colores, piezas de vajilla. Desde hace muchos años voy a su taller que es un lugar donde se aprende a pintar pero sobre todo a vivir. Es un espacio muy divertido y para mí una bocanada de aire fresco en la rutina. 

LzT: ¿Qué estás leyendo en este momento? ¿Tenés alguna recomendación?

JCS: Estoy leyendo Pájaros en la boca y otros cuentos de Samanta Schweblin. Me gusta mucho recomendar libros y creo que tengo buen ojo para lograr match entre lectores y libros. 

Entre los que leí este año disfruté mucho de Una escritora en la cocina de Laurie Colwin. Es un libro fresco y divertido. 

LzT: Tomo la recomendación ¿En qué proyecto estás trabajando hoy?

JCS: Estoy escribiendo un texto que tiene lugar en Barcelona, transitando el proceso de escritura y corrección en el tiempo que encuentro. 

LzT: Tengo el WhatsApp del genio de la lámpara y podés pedirle un deseo. ¿Cuál sería?

JCS: Tengo uno en mente. No lo voy a decir por las dudas que el genio de la lámpara me lo cumpla. 

LzT: Mejor no quemarlo 😉 . ¿Compartirías uno de tus textos?

Mi papá dice 

Mi papá dice “no tomo agua, ni consejos”. Los viernes se encarga del almuerzo y compra pescado en el mercado central. Dice “porción soviética” cuando le sirven poca comida y “se le quema hasta el té” para indicar que alguien no sabe cocinar. 

Mi papá se olvida dónde dejó las llaves pero canta jingles que escuchó hace cuarenta años y recuerda lecciones de sus clases de francés. Habla inglés y también italiano. Conoce un poco de alemán que aprendió viendo películas de chico. Mi papá tiene mundo pero no se cuenta en países visitados sino en libros leídos. Para insultar a alguien dice: “no vale ni lo que tiene puesto”, “es un inoperante” o “no sirve ni para veranear”. En vez de “no le entran balas“ dice  “tiene la cabeza blindada”. En vez de “caradura”, “tiene la cara de concreto”.  

Mi papá nació en Mendoza, terminó la secundaria en San Luis, estudió derecho en Tucumán y vivió por trabajo en Buenos Aires, después de esos años nunca más volvió. Si viaja por Argentina elige el norte o el sur, le gusta moverse por tierra y a su propio ritmo. Toma cualquier desvío en el camino y el resultado es que conoce los lugares más remotos y de cada rincón tiene una anécdota. Con él conocí un pueblo en Catamarca que se llama Londres. Mi papá va todos los años a Chile y todas las semanas a Uspallata. Algunos fines de semana lo acompaño y vamos en su Mercedes Benz color beige, modelo 78. “Es como viajar en un living” dice.  

Mi papá se llama Gerardo, sus primos le dicen Boti, sus nietos Tatata, sus amigos Pelado, sus colegas “Doctor”. De joven en tribunales lo conocían como “Dr. Hélice” porque en vez de corbata usaba moñito. Mi papá tiene buen ojo clínico. Cuando alguien de la familia se enferma, da un diagnóstico a los síntomas. Existe el rumor de que antes de estudiar derecho, hizo unos años de medicina. Él dice que se recibió en la Universidad de Wikipedia. 

A mi papá le gusta poner sobrenombres. Tara service a un electricista que iba a veces a casa y por cada cosa que arreglaba rompía otra. Doce mil, a un albañil de Uspallata que por cualquier trabajo pasaba siempre el mismo presupuesto. A mí cuando era chiquita me decía huevo duro, años después supe que era porque siempre estaba en la puerta de mi casa con frío. En Uspallata bautiza a cada perro que aparece por la casa y siempre tiene algo de comida para darles. Dice que tiene un restaurante canino. La mayoría son de la reserva indígena que está enfrente. De un lado de la ruta tienen nombres huarpes, del otro los que elige mi papá: Burley, Blackie, Cuatro, Barry, Negro. De la Blondie siempre dice “es mala, como todas las rubias” y ella agita su cola. 

Los días de verano en Uspallata dice “el sol está despiadado” y sale de la casa con una chupalla y lentes negros. Cuando el calor es insoportable en la ciudad dice: “este no es clima para el hombre blanco”. 

Mi papá da consejos. En mi primer trabajo me dijo: “Detrás de cada cosa que hacés, está tu nombre”. Cuando vendía zapatos en España me citaba a Sartre a través del teléfono: “Felicidad es querer lo que uno hace y no hacer lo que uno quiere”. También “De los trabajos hay que irse en el mejor momento” o “Nunca dejes que otro te califique”. 

Mi papá tiene un alter ego que vive en las redes sociales. Tiene nombre, apellido, nacionalidad, lugar de residencia, profesión. Ese hombre dice lo que mi papá no quiere decir con su nombre en redes. Su alter ego hace profundos análisis políticos de la realidad argentina e internacional. También contesta mensajes, acepta solicitudes de amistad, recibe piropos. Es amigo de sus amigos. En algunas reuniones hasta sucede que alguien lo cita como una voz autorizada. Mi papá no se inmuta, no dice soy yo, no dice lo conozco, ni lo leí. Escucha atento la vida propia que tomó su inventiva. Después cuenta la anécdota en algún reducido almuerzo familiar y, por supuesto, nos reímos. 

A veces cuando está en alguna reunión social dice: “Me voy inmediatamente salvo que sea posible antes”. Otras pone alguna excusa o simplemente se va cuando nadie se da cuenta. En el casamiento de una de mis hermanas se fue después del vals, algunos invitados estaban preocupados: “¿Dónde está tu papá?”. Yo sabía que ya estaba durmiendo en su casa. Hace unos días aprendí que a esa costumbre en inglés se le llama irish goodbye. Se lo comenté y me dijo que nunca se va sin despedirse. 

Mi papá toma mate a la mañana, vino o champagne al mediodía y algún trago con los amigos al atardecer. Dice “el champagne es la gaseosa de la gente paqueta”. A veces se juntan en alguna casa, otras van a un bar que queda a la vuelta de la suya. Una vez me los crucé y me quedé tomando algo con ellos. Cuando le trajeron su trago, mi papá sacó una petaca del bolsillo de su camisa y lo rellenó. Ante mi espanto, me contestó que estaba harto de decirle al barman cómo le gustaba que le prepararan el gin tónic. Su amigo asintió. “Un día vino con un libro de cocktails de no sé dónde que tenía las medidas, pero el trago le tiene que gustar al que se lo toma”. 

Mi papá dice que aprendió a cocinar viviendo solo en Tucumán, yo creo que lo heredó de mi abuela. Cuando prueba una comida dice qué le falta o le sobra. Propone maridajes exóticos. Todos los años cuando empieza el frío, le pido la receta de guiso de lentejas. Todos los años, me pasa una diferente. Dice que no come cosas dulces pero cada tanto el pote de dulce de leche tiene el rastro de una cucharada sopera que nadie más en la casa usa. 

A mi papá lo confunden. Una vez en un viaje al sur un grupo pensó que era guardaparques y le preguntaron si podían entrar al parque nacional con encendedores. Mi papá les dijo “está terminantemente prohibido hacer fuego” y se los incautó. En su último viaje a Chile, tenía gafas negras para el sol y un bastón por un dolor en el pie, cuando estaba por cruzar una calle un hombre lo frenó. “Espere, está en rojo, yo le aviso”. Mi papá se dejó guiar hasta el otro lado de la calle y el resto de la tarde tuvo miedo de volverlo a encontrar.

A mi papá le gustan las cosas bien hechas. Dice que “lo que se hace mal, se hace dos veces”. Tiene una agenda con los especialistas más variados. Cada vez que alguien de la familia tiene que arreglar algo, le pregunta primero a él. En Uspallata tiene un galpón lleno de herramientas y una despensa con estantes etiquetados para que cualquier persona que vaya guarde las cosas en su lugar: cacerolas, tuppers, alimentos farináceos. Si alguien pregunta qué lleva responde: “De lo que hay no falta nada”. 

Mi papá dice la “hora del angelus” y donde sea que esté mira el atardecer. En Uspallata se sienta en la galería del frente de la casa y ve cómo se apaga el día sobre las montañas de Villavicencio. Después prende un fuego y dice “la televisión de los gauchos”. Cuando ya es de noche, siempre sale a mirar el cielo: “Hay más cosas desconocidas bajo las estrellas que por arriba de ellas”.

Una respuesta a «Josefina Cornejo Stewart»

  1. Sos tan grande ,dulce, firme…Me lo compartió tu mamá .Es el mejor regalo para comenzar el día,me emociono y me haces reír mucho. Gracias por dar alegría a mi vida .Te quiero mi querida compañerita ,en algún paso en nuestra vida. Te quiero con el ❤️ igual que a tus seres queridos.😘

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